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¡Felices Navidades!

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miércoles, 30 de noviembre de 2016

La cerillera de la esquina de Bravo Murillo con Cea Bermúdez







Para este jueves nos propone Inma contar un cuento actualizado. Los resultados se pueden leer aquí.

Con recuerdos de infancia y adolescencia os cuento este sobre


LA CERILLERA DE LA ESQUINA DE BRAVO MURILLO CON CEA BERMÚDEZ
La que retrató Andersen era invisible a los ojos de los transeúntes, la que os traigo casi, era como un elemento del mobiliario urbano en el cruce de las calles Cea Bermúdez y Bravo Murillo, en la esquina que da al Parque Móvil.  Esa esquina hace chaflán y parte de ese espacio era el que ocupaba con su puesto de venta de cerillas y también de tabaco, en paquete o por cigarrillo y todo tipo de caramelos y chucherías.
La danesa era joven y obtenía un consuelo imaginario encendiendo sus cerillas, la madrileña era vieja y la realidad se había ocupado de eliminar todo lo que alguna vez le había ilusionado.
Yo era niño y la veía siempre allí, dispuesta a vender lo que fuera que le dejara un margen de ganancia, aguantando el viento frío que llega directo desde la sierra por Cea Bermúdez o ese sol inclemente que cae el medio año en que no hace frío en esta ciudad de dos estaciones.
El hecho de que estuviera allí siempre significa que debía instalar su puesto, de un largo de unos dos metros, bien temprano y recogerlo bien entrada la noche. Para ella el fin de semana debía suponer simplemente u aumento de ventas, tal vez incluso una jornada laboral más larga.
Eso ocurría cuando incluso en España era inimaginable que una niña como la del cuento vendiera cerillas por las calles y lo cuento ahora que es inimaginable que eso ocurra, pero hace treinta y tantos años era así.
Alguna vez le compré algo, caramelos de menta casi siempre. Allí fue donde Álvaro compró dos cigarrillos, uno para él y  otro que fue el primero que yo fumé.
Pensar en la vida de esa mujer que siempre estaba tras ese puesto de 2x1 metros, tratando de vender cualquier producto que le dejara algún céntimo de peseta de margen de beneficio contra vientos serranos o bajo soles inclementes, ante niños traviesos y padres impresentables ocupando un chaflán absurdo entre calles a veces transitadas, a veces desiertas mientras le quedara un hálito de vida es complicado.
Seguramente tuvo un futuro prometedor, seguramente llegó a hacerlo realidad y seguramente una absurda guerra arrasara su presente y su futuro y se encontrara sin nada. Solo la suerte de obtener permiso para instalar un puesto en aquel chaflán

Que probablemente en su escaso tiempo de descanso pondría la televisión donde las noticias hablarían de planes de desarrollo y milagro económico español que ella no escucharía porque se habría quedado dormida en un gastado sofá de skay de segunda mano.

15 comentarios:

Ester dijo...

Un viaje al pasado, seguramente ella acostumbrada a su vida era feliz, lo mismo que quien acudía a ella a comprarle dos cigarrillos porque no podía comprar un paquete en el estanco. Buenas noches y felices sueños

Tracy dijo...

Muy bonita entrada.

Juan L. Trujillo dijo...

La cantidad de relatos reales que podrían contarse de aquella época gris y fría.
Tu protagonista en mi pueblo, se llamaba la Tía Sabina.
Saludos.

pikxi dijo...

El cuento original de la vendedora de cerillas es muy triste, al igual que éste. Puede que ninguana de las dos historias tuviera un final feliz.
Un saludo.

MOLÍ DEL CANYER dijo...

Un relato de nuestra España oscura (que no quiero decir que no hubieran historias similares en otros países, todos conocemos alguna cerillera de vida triste. Tu relato es precioso por todo lo que tiene de nostalgico y por el merecido homenaje que le haces a la protagonista. Besos.

MOLÍ DEL CANYER dijo...

Un relato de nuestra España oscura (que no quiero decir que no hubieran historias similares en otros países, todos conocemos alguna cerillera de vida triste. Tu relato es precioso por todo lo que tiene de nostalgico y por el merecido homenaje que le haces a la protagonista. Besos.

Campirela_ dijo...

Que bonito recuerdo os has traído , yo no he llegado a verlas , pero si he oído hablar , es curioso como se nos queda gravado en la memoria personajes que de algún modo nos dejaron huella,me gusta tú relato es muy emotivo.
Un saludo y feliz semana.

Charo dijo...

Pues yo he conocido también esos puestos de los que hablas cuando alguna vez vine con mi abuela a Madrid cuando yo era pequeña...
No recuerdo muy bien el cuento de la Cerillera, aunque sí recuerdo que era muy triste...este que tú has contado no es un cuento sino una realidad de nuestro pasado...Ahora no hay Cerilleras pero hay también otras realidades tristes.
Un beso

rosa_desastre dijo...

Todos tenemos en nuestra realidad una cerillera ocupando las esquinas de la niñez. Un cuento triste.
Besos

Montserrat Sala dijo...

Buenos dias Juan Carlos: lo que tu nos explicas hoy no es ningún cuento infantil. Es una triste realidad que se dió en nuestro país en los barrios mas desafortunados y en plena postguerra. Ojalá hubiese sido un cuento solamente!!! Besos!

Neogéminis Mónica Frau dijo...

Personajes como la cerillera de ese pueblo nos muestra tanto la injusticia de nuestras sociedades como el valor de la perseverancia. A veces la primera puede más que la segunda, lamentablemente.
Un abrazo

Yessy kan dijo...

Es un relato muy emotivo, que nos deja visualizar la vida tan dura de esas personitas tratando de ganarse la vida. Porque aun creo que existen regadas por el mundo.
Beso

ibso dijo...

Relatas la vida de una mujer valiente y luchadora, quizás incomprendida, quizás desahuciada por una ciudad que desfila a diario frente a su insignificancia.
Es triste.
Saludos.

Leonor dijo...

El cuento de la Cerillera es uno de los que más me sobrecogen. El personaje de tu relato me entristece, y más porque sé que ha habido y seguramente quedan algunos que sobreviven a duras penas de esa forma, situados en una esquina invisibles a los viandantes.

Me ha encantado aunque me apena.

Un abrazo.

Leonor dijo...

El cuento de la Cerillera es uno de los que más me sobrecogen. El personaje de tu relato me entristece, y más porque sé que ha habido y seguramente quedan algunos que sobreviven a duras penas de esa forma, situados en una esquina invisibles a los viandantes.

Me ha encantado aunque me apena.

Un abrazo.