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¡Felices Navidades!

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jueves, 23 de junio de 2016

Jueves de miedos infantiles





Esta semana toca hablar de miedos infantiles, nos lo pide Charo y los resultados pueden encontrarse en los enlaces enlace que hará en su blog, que enlazo aquí: ¿Quieres que te cuente?

Aquí van los míos:

Los sentía cada noche, justo en el momento en el que mamá me daba las buenas noches, apagaba la luz y cerraba la puerta de mi habitación.
Me inquietaban porque yo sabía que estaban allí, pero no los veía, ni los escuchaba, ni los olía.
Claro que pedí ayuda, pero papá volteó la cara con fastidio al escucharme y mamá me habló dulcemente, me acompañó a mi habitación y en cuanto me acosté negó su existencia, apagó la luz y cerró la puerta. Y ellos se dejaron notar de nuevo, como siempre.
Supe que no tendría ayuda, que estaba a su merced y viendo que pasaban las noches y no me ocurría nada, me fui acostumbrando a su presencia. El miedo fue dejando paso a una sensación de incómoda familiaridad que quería disipar conociéndolos. Necesitaba saber cómo eran, si eran capaces de comunicarse. Los imaginaba pequeñitos, porque tenían no había mucho espacio en la habitación y con formas de los animales más raros que veía en los libros que tanto me gustaban, pero siguieron sin ser perceptibles por los sentidos convencionales, aunque yo seguía notando cada noche su presencia.
Llegué a suponer que eran una colectividad marginada, que tenía miedo a los humanos y les daba la razón, porque iba comprendiendo que había más maldad en el mundo real que en el imaginario.
Cuando llegué en ese periodo llamado pubertad nos trasladamos a otra casa, una de nueva construcción. La antigua quedó vacía y todos los muebles fueron colocados en la nueva. Pero ellos ya no estaban.
Nunca sabré si se ocultaron por las ranuras del parquet o si quedaron relegados en mi mente, que ahora tenía más presentes a las niñas de mi edad, que de pronto se convertían en mi prioridad o en las músicas que iba escuchando. que en las extrañas criaturas que me habían asustado, me habían acompañado y que nunca habían aparecido.
¿Nunca?
Siempre recuerdo aquella noche en la vieja casa en la que intenté enchufar la lámpara de mi mesilla en la oscuridad y algo hice mal, porque sentí un calambre que me hizo saber lo que son 220 voltios. Tras ello temblaba en la cama y noté unas caricias que me confortaron. No fue mamá. Tampoco papá.

13 comentarios:

Ester dijo...

Y yo inmersa en el relato pensaba: tendría que haber encendido la luz, yo desde luego no me quedo con las ganas de saber cuantos eran y de que color, de verlos... un montón de interrogantes que con un chispazo me has aclarado. Un abrazo

Max Estrella dijo...

Haberlos, haylos...otra cosa es que, como dices, prefieran esconderse de tanto, de tanta...que hay por el mundo...
Un abrazo

Carmen Andújar dijo...

Esas presencias, que cuando somos pequeños las notamos más y esos miedos se agudizan. Menos mal que de mayores la cosa se calma. Es algo natural, la imaginación se nos dispara.

Neogéminis Mónica Frau dijo...

A veces tememos a lo que nunca nos haría daño... y a la inversa, muchas veces confiamos en aquellos que más nos dañan. Entrañable tu relato, me encantó leerlo.
Un abrazo

Sindel Avefénix dijo...

Me parece que uno de pequeño tiene más desarrollado el sexto sentido, por eso ve cosas o presiente otras. Luego al crecer entre las hormonas y los lavados de cerebro que nos hacen para adaptarnos a la sociedad, eso se adormece.
Me gustó mucho tu relato, sobre todo ese paso de la infancia a la pubertad donde todo se centra en cosas más humanas.
Un abrazo enorme.

Leonor dijo...

Se sintió acariciado porque es lo que necesitaba en ese momento y es tanto el poder de la mente. El cambio de casa le sirvió para dejar atrás los miedos infantiles pero ahora los echaba de menos, así somos de complicados los humanos.

Un beso.

rosa_desastre dijo...

Se cambió la casa y se cambiaron muchas cosas, hasta los terrores nocturnos. Estoy segura que los miedos nuevos, esos que los mayores luchamos por desterrar, no acarician tan bien.
Un besazo

Charo dijo...

Ese final me ha impactado enormemente. Has conseguido crear una atmósfera de misterio sin contar exactamente qué era a lo que le tenías miedo...qué cosas eran esas que intuías y que nunca viste?Me ha parecido magnífico tu relato, te felicito.
Muchas gracias por participar.
Un beso

Diva de noche dijo...

Desde los mas remoto de la historia del ser humano, el miedo es algo que tenía el ser primitivo..el vivir en cuevas durante la noche al abrigo de una llama que iluminara su interior, le creo miedo a las sombras...desde entonces y hasta ahora, en los primeros años de vida, cuando aun nuestra conciencia es primitiva, tenemos miedo a las sombras...
Esa es una explicación científica...la otra es que si existen los monstruos que se esconden bajo la cama...si hay una sociedad oculta de la vista de la luz y que aparecen cuando todos duermen y deambulan por la casa..y yo mejor me voy a dormir que ya son la una de la mañana y me dio miedo..besoss

Encarni dijo...

Una descarga de ese calibre si que da miedo!!! Lo de cambiar de casa y cambiar de etapa puede llegar a ser una experiencia peligrosa si no se lleva bien. La adolescencia tiene muchas dolencias, por lo que pienso que fue su infancia quien le acarició con esa descarga que a veces es la vida.

Un beso

Pepe dijo...

Estoy seguro que debajo de tu dormitorio estaba Fraguel Rock, algo que tú intuiste y a lo que acabaste acostumbrándote hasta el punto de dejar de temerles.
Un fuerte abrazo.

Tracy dijo...

Me ha hecho gracia eso de que los miedos quedaron desbancados por las niñas de tu edad, jajajajaj

Maite S.R dijo...

Desde luego, me has sorprendido. No esperaba ese final tan bueno. Enhorabuena por este cuento y gracias por tus convocatorias.
Un saludo :)