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¡Felices Navidades!

¡Felices Navidades!

jueves, 21 de agosto de 2014

Este jueves, fotografías


¿Se acuerda V. de esta vista?
Manolo se acordaba, ¿cómo no? El parque de El Retiro, en Madrid.
En su habitación en el hotel Villarón, en la norteña Matehuala, Manolo relee la postal y se sintió atrapado. Deliciosamente atrapado. Por eso decidió que sí, que en cuanto volviera al Distrito Federal le pedirá matrimonio. Hasta entonces faltaban unos días y seiscientos penosos kilómetros.
Recordaba aquella tarde, varios meses atrás, cuando se sintió cautivado por la belleza de una mujer morena de aspecto europeo. Atusó su bigote, colocó compulsivamente su sombrero y estiró su espalda para mejorar su porte. Y, para su sorpresa, la mujer se acercó a él. Se sintió un capaz de enamorar con solo su mirada hasta que escuchó que ella decía:
Don Manuel, ¿me recuerda?
Se quedó mudo. ¿La conocía? Al parecer sí, entonces ¿Cómo podía ser que no la recordara?
Soy Ángeles, la hija de Don José Calvet.
En la mente de Manolo apareció una niña traviesa, la hija del fotógrafo catalán de la calle Jacometrezo, en aquel Madrid que había dejado años atrás. Una niña que nada tenía que ver con esa mujer que le hablaba. Pero ¿Qué hacía ella en el centro de México?
Pues resulta que el bueno de José había decidido probar fortuna con su negocio en el nuevo mundo y no le iba mal, le iban saliendo trabajillos.
A partir de entonces Manolo visitaba con frecuencia el hogar de los Calvet, para hablar con José y estar cerca de ella.
Y efectivamente, al volver de su viaje se puso sus mejores galas, se fue a hablar con Don José, quien le concedió la mano de su hija haciendo alguna broma.
Manolo y Ángeles tuvieron nueve hijos. La quinta, Gloria, me dio la postal y me contó la historia que he recreado en este relato.
Gloria era mi madre.

No es la foto de mi vida, pero es una postal de 1908 a la que tengo mucho cariño.

Otros relatos sobre fotos que marcaron vidas en La Plaza delDiamante

lunes, 18 de agosto de 2014

Palabras 33 y 34 de 52: Espejo y mundo.



Cada vez que me retraso en escribir sobre la palabra de la semana paso a otro juego, que es encontrar la relación entre las palabras que, para cada semana, propone Sindel. 

Esta semana, lo primero que me surge es una reflexión:

Deberíamos mirar menos el espejo y más el mundo.

Y adentrándonos más en el mundo de la fantasía, pienso cómo será el mundo al otro lado del espejo, ese en que vive el señor que se cepilla los dientes frente a mí cada mañana con cara de malas pulgas. Ese señor tan cercano pero del que me separa irremediablemente el azogue.


Más sobre espejos, mundos aquí, en el mundo de las palabrasde Sindel.


viernes, 8 de agosto de 2014

Párrafos



Esta semana Mónica nos propone escribir un relato empleando párrafos de grandes obras. De entre las que propone, he seleccionado algunos textos que aparecen en morado y corresponden a tres textos muy queridos: el comienzo de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, a un párrafo intermedio de 1984 de George Owell y al final de El Aleph, Jorge Luis Borges.


Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, … Aureliano … había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo
Al volver a su pueblo, contaba cosas que sus paisanos no podían creer. Narraciones que todos atribuían a su conocida tendencia a fantasear. Hablaba de lugares extraños con personas muy diferentes, en las que apreciaba rasgos con los que les identificaba.
 Él se identificó muy especialmente con aquella chica llamada Beatriz. Diferían en sus colores de pelo, de ojos y de piel. Habían crecido en lugares de diferente color, vestían ropas de diferentes colores, pero sus sueños tenían una identidad cromática que, al compartirlos, les hizo sentir una afinidad cromática que terminó conjugándose en una placentera complementación corpórea.
Volvió al pueblo con la idea de un paraíso terrenal en el que los hombres vivirían como hermanos, sin leyes y sin trabajo agotador, idea que estuvo obsesionando a muchas imaginaciones durante miles de años. La misma visión que tuvo una cierta importancia incluso entre los grupos que de hecho se aprovecharon de cada cambio histórico. En otros lugares, claro, no en su pueblo.
Los años pasaron. Él nunca renunció a lograr esa hermandad entre seres tan semejantes a la vez que tan distintos. Hacer del mundo una sencilla piedra, en la que todo fuera comprensible y accesible. Un aleph.
Llegó a tener la esperanza de la victoria, pero su sueño fue roto por discursos llenos de palabras vanas como patria, raza, lengua.
Y esas grandes palabras vanas le vencieron y le condujeron ante el pelotón de fusilamiento.
En una insólita madrugada en que nevó en regiones ecuatoriales como en la que él vivía, sus últimos pensamientos fueron:
¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz.

martes, 5 de agosto de 2014

PALABRAS 30, 31 Y 32 DE 52: GRACIAS, MANOS Y CORAZÓN



Me diste las gracias por estar allí.

Mis manos acariciaron por última vez tu mejilla, asieron con fuerza las tuyas, mientras mis ojos se impregnaban de tu mirada acuosa.

Buscándote por el retrovisor, te vi. Mirabas como me alejaba.

Sentí que algo de mi corazón se había quedado allí, contigo.


No me importó, noté que algo del tuyo había rellenado ese hueco.