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¡Felices Navidades!

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viernes, 21 de noviembre de 2014

Jueves de obsesiones: el último gorrión.

Leonor nos propone escribir sobre obsesiones. Mi aportación es un viejo relato levemente retocado.
Pueden encontrarse los demás relatos participantes, en este enlace.



Como cada amanecer, acudía a contemplar a su gorrioncillo. Lo tenía en un pequeño patio de su palacio desde el que veía toda la ciudad. A sus pies. Donde debe estar. Él es un dictador y lo reconoce, ¿por qué no?
Haría más de sesenta años, aún no era adolescente, cuando cazó a su primer gorrión. Al principio solo los capturaba y los mataba. Luego comenzó a jugar con ellos, desplumarlos, torturarlos, matarlos. Cuando adquirió la técnica de quebrarles unos huesecillos en las alas para impedir que volaran podía tener siempre alguno cautivo.
No era su pasión. Los dictadores no tienen pasiones, han de mantener la mente fría. Era su vicio que llenaba su vida. Una  metáfora de su poder total.
A veces dejaba sus responsabilidades de estadista para jugar con su gorrión. Como aquella vez en que dejó plantado al mismo Papa. Aquel día mató al gorrión, no soportaba que le criticara ese santurrón. A un dictador no se le critica, se le teme.
Los gorriones eran absolutamente suyos. Comían cuando y lo que él decidía. Bebían cuando él se lo permitía. Andaban solo por donde él quería. La vida del gorrión estaba literalmente en sus manos.
Ahora los mantenía vivos alrededor de una semana. Los mataba estrujándolos en su mano, quebrándoles el cuello, pisándolos o disparándoles con la pistola que siempre llevaba en la pechera. Le divertía contemplar cómo se pulverizaba ese cuerpecillo.
Tres gorriones murieron sin que él lo autorizara. Las tres veces el palacio presidencial tembló por sus ataques de cólera, de los que nunca nadie conoció las causas. En aquellos días adoptaba decisiones crueles e imprevisibles. Fue uno de esos días cuando mandó fusilar a veintiséis disidentes, uno de los argumentos que sirven para ejemplificar su crueldad. A veces piensa que no debió hacerlo, pero ¿qué cuernos? un dictador tiene que dar carnaza a sus enemigos. Malditos bastardos, así le odian más. Un dictador debe ser odiado.
Hacía tiempo que no había nadie en su intimidad. Un dictador no necesita amor, tiene adulación. Pocos sabían que su mujer estaba enterrada en el jardín. La mató con sus propias manos ¡Se atrevió a criticarle! Pero como un dictador necesita una esposa, tiene a esa vieja haciendo el papel de la difunta. Mejor, sin confianzas. ¿Sexo? Cuando quiere, con quien quiere.
Cuando aquella madrugada abrió la puerta del invernadero notó cómo algo pequeño, gris y marroncillo, volaba fuera de su alcance.
Se sintió  falible, humano. Se dejó caer de rodillas y echó mano al pecho.

El país entero se estremeció cuando, de pronto, sonó un disparo como un cañón. ¡BUM! 

12 comentarios:

Neogéminis Mónica Frau dijo...

Lástima que el final tardó tanto en llegarle...
=(

Leonor dijo...

Cuántas interpretaciones puede tener tu texto! Me ha encantado, una maravillosa alegoría.

Un abrazo amigo Juan Carlos, y gracias por participar.

Carmen Andújar dijo...

No todos acaban así; pero muchos prueban de su propia medicina. Pobres gorriones.
Muy bien creado el ambiente.
Un abrazo

Jazzy dijo...

No debería agradecerse un final así, pero, a veces es lo mejor que puede pasar
Abrazos

Yessy kan dijo...

Una maldad transformada en obsesión por hacer sufrir al que no sabe como defenderse.
¡Que malvado! seres como tu protagonista no deberían existir en nuestro planeta. Un final muy acorde a su maldad. =)
Un beso

Juan L. Trujillo dijo...

Magnifica metáfora de la obsesión del poder, que solo se puede ver truncada cuando en el aire aletean las ansias de libertad.
Gracias por esta entrada que nos hace pensar.
Un abrazo.

Sindel dijo...

Me quedé de piedra con tu relato, es espeluznante de principio a fin. No puedo creer que un ser humano se convierta en eso, pero sé que muchas veces ha de ser así. Es impecable y con un final que sorprende y hace justicia a tanta maldad, y despotismo.
Un beso enorme.

Alfredo dijo...

Si ya les tenía manía a los dictadores, ahora ya los odio hasta límites obsesivos.
Supongo que lo que quedó de él se lo comerían los gorriones de la raza de los "buitres"
Abrazos

G a b y* dijo...

Jo! Que me has dejado sin aire! Cómo la obsesión con el poder, desmesurada y cruel, puede comerle el cerebro a alguien hasta punto tal. Tu relato tiene, en cada detalle, esa maldad aborrecible, y debo felicitarte porque me has hecho hasta apretar los puños de tanta rabia ante un ser tal. Lo triste es que hombres así existieron y existirán.
Excelentemente contado amigo!
Besos!
Gaby*

Tracy dijo...

Has aumentado nuestras fobias a determinados personajes.
Muy interesante.

Maria Jose Moreno dijo...

Este dictador es un psicopata perverso en toda regla y los pobres gorriones sus objetos manipulados a su antojo. Lo malo es que hay muchos igual que este pero no retienen a gorriones sino a personas para hacer con ellas los que se le antoja simplemente porque no las reconocen como personas, son meros objetos.
Profundo y para pensar.
Un beso

José Vte. dijo...

Un texto magnífico y lleno de lecturas. La crueldad humana puede no tener límites cuando de ejercer poder se trata.
¡Cuantos psicópatas han gobernado y siguen gobernando el mundo...!

Un abrazo.