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¡Felices Navidades!

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lunes, 25 de noviembre de 2013

El valor de una ficha naranja

EL VALOR DE UNA FICHA NARANJA[1]

Casino Cosmopole, Malmö. 25 de noviembre de 1983



Lars Anderson recorre las señoriales estancias del Casino Cosmopole sintiéndose extraño en ese ambiente de triunfadores, la élite de la ciudad. ¿Llegará a integrarse en ese mundo? Sabe que no, no va con su carácter. Está allí para darse un premio tras el éxito de su viaje de negocios. Es su última noche en Malmo y espera tener algo divertido que contar cuando vuelva a su pueblo. Con ese ánimo cambia cinco mil coronas en fichas y decide apostarlas a cara o cruz: a impar en la ruleta central. Si pierde, volverá al hostal donde ha dormido las tres noches anteriores. Si gana, derrochará allí mismo su ganancia.
Martin Johnson recibe la señal convenida. Se acerca a la ruleta central, apuesta cinco mil coronas al trece y pierde. Tras un gesto de fastidio, repite la apuesta y esta vez gana. Recibe ciento ochenta mil coronas, que para su sorpresa le entregan en fichas negras y moradas, mientras la única ficha naranja es para a un hombre que ha apostado a impar. Protesta, pero nadie le hace caso.
         Gustav Kallström, detective del casino y agente del UNDK[2] acaba de darse cuenta del error. Las instrucciones eran entregar la ficha naranja a un hombre de unos cuarenta años, delgado, chaqueta azul, gafas de pasta negra, que apostaría al trece y llevaría una pajarita azul. Los crupieres lo han confundido con un hombre que cumple con esa descripción, aunque apostó a impar, y viste una pajarita color verde.
         Linda Monroe felicita al ganador de la ficha naranja con un apretado abrazo y un beso en la mejilla, no lejos de la boca. Él, sintiendo el cosquilleo del beso, acaba de decidir qué le gustaría lograr con su ficha naranja.


         Todas las piezas de la partida se concentran en el bar. Martin, el de la pajarita azul, bebe champagne con Anna, una de esas mujeres que suelen merodear por el casino esperando que algún ganador les regale alguna ficha que perderá al black-jack. A la otra no la conoce, es una pelirroja que parece amiga de Anna. Lars, con su pajarita verde, ríe y brinda con champagne con una mujer espectacular. Deduce que la mujer es de la CIA, ya que de otro modo Jones, que finge beber whisky con cara de pocos amigos, no estaría tan tranquilo. Dos tipos serios con traje oscuro beben naranjada. Al más mayor lo reconoce como agente del KGB.
Gustav se siente como el árbitro de la partida, un árbitro parcial, pues en un momento dado tendría que ayudar a ganar a la CIA. Por ello está atento a los siguientes movimientos, que llegan cuando Linda toma de la mano a Lars y le dirige hacia el ascensor, sabe que con destino a la habitación 224. Poco más tarde Martin, el contacto de la CIA sale del bar con las dos mujeres, rumbo a la 513.
Jones permanece en su rincón. De origen galés es aficionado al buen rugby y así ejerce su profesión, actuando rápido y combinando bien y, cuando es necesario, sabe salir de las melées con el balón controlado hasta llegar a la línea contraria sin reparar en nada ni nadie. Los de la KGB piden otra naranjada.
En la habitación 224, Linda sienta a Lars, mientras ella, bailando música inaudible, desata la tira que sujeta su vestido sobre el hombro derecho. Luego la que la sujeta al izquierdo y va dejando que el vestido color malva caiga hasta sus caderas. ¿Qué me darás para que siga?
Lars, tragando saliva, ofrece la ficha de color naranja. Ella la recoge, la guarda en su bolso y vuelve a colocarse el vestido. Lars, sorprendido, oye hablar a Linda de algún peligro y que no debe salir de la habitación. Y, antes de marcharse, deposita un suave beso para cerrar la boca del desencantado hombre.
Martin da paso a su habitación a las dos mujeres. Cuando él entra sale solo hay una, la pelirroja de acento extraño, que, con un gesto de cabeza, conduce su mirada hacia la derecha de la cama. Allí yace la bella Anna con rictus de sorpresa y una herida de bala en la frente. Al volver a mirar a la mujer de acento extraño, ella le está encañonando con un revólver y le exige la ficha naranja. Él niega tenerla, pero ella dice saberlo todo. Que se ha trucado la ruleta para que él ganara y así darle las claves de la frecuencia de comunicaciones del KGB en una ficha naranja. Él intenta explicarlo, pero no sabe cómo. Bromea recordando que alguien dijo que La verdadera explicación, sencillamente no se puede explicar [3].
El estallido es absorbido por un silenciador, pero la rodilla de Martin queda destrozada. Ella, que no está para bromas, vuelca el contenido de los bolsillos de la chaqueta de Martin sobre la cama, una lluvia de fichas negras, moradas, verdes y azules, ninguna naranja. Y golpea al hombre que se duele junto al cadáver de Anna.
Jones comprende, por la señal que hace Linda desde la puerta del bar, que ella tiene la ficha naranja. Tras unos segundos cae en la cuenta y sale del bar apresuradamente. Los hombres del traje oscuro salen tras él. Gustav, el detective les sigue discretamente.
La mujer ha revuelto la habitación sin encontrar la ficha naranja y, por pura rabia, dispara contra la rodilla sana de Martin. La puerta de la habitación se rompe y el maltrecho Martin siente caer sobre él a la pelirroja y como se inunda su pecho por un fluido espeso. Es la vida que brota desde la herida que ha desfigurado el rostro de la mujer. Jones urge a Martin a salir y al comprobar que su contacto tiene destrozadas las rodillas grita ¡Mierda! y se oculta en el cuarto de baño. No tardan en irrumpir en la habitación dos tipos con traje oscuro. El más joven intenta socorrer a su compañera. El más mayor, tras revisar la habitación se dirige al cuarto de baño, cayendo a plomo apenas introduce la cabeza.
El detective del casino, pistola en mano, aparece exigiendo con un resuelto grito que todos queden quietos. El joven de traje oscuro deja el cadáver de su compañera en el suelo y levanta las manos. Jones también, aunque con sonrisa burlona. Martin pasa del sollozo al llanto abierto.



Jones dice necesitar una copa a la que invita a sus colegas, tanto al enemigo vencido como al detective del casino. Los tres se marchan, dando palabras de ánimo a Martin, a quien aseguran que enseguida será atendido.
La noche, que comenzó llena de expectativas, anuncia su veredicto con el sonido de las sirenas. Martin recuerda que la ruleta había alterado su curso para regalarle un triunfo, él solo debía canjear su ficha naranja por dos moradas con la agente Linda y disfrutar de ciento ochenta mil coronas y de la confianza de la CIA para futuras misiones. Algo sencillo, pero que no lo había logrado. Su ganancia eran solo una serie de fichas de plástico desperdigadas por la habitación, estaba tumbado, inválido, entre dos bellas mujeres, una de las cuales le miraba con una expresión congelada de sorpresa.
Lo siento Anna, viniste a mi habitación buscando placer y dinero y no he sido capaz de dártelo. Tú, al menos estás muerta, yo, en cambio, estoy acabado.
 Y esforzándose hasta alcanzar la pistola que poco antes le amenazaba, decide ejecutar lo que la mujer de acento extraño no hizo.
Suena, atenuado por el silenciador …
En el bar, un brindis entre Jones, Gustav y un joven espía, dispuesto a cambiar de bando. 
Y en la habitación 224 un tenue sonido de sábanas producido por Linda al acostarse, que despierta a Lars.



[1] Una ficha naranja vale mil dólares o mil euros. En nuestro caso, diez mil coronas suecas.
[2] Oficina de inteligencia sueca.
[3] Lo dijo Julio Cortázar.

4 comentarios:

LAO Paunero dijo...

De película Juan Carlos!! Con desenlace inesperado!! ¡Muy buen relato!

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Que buena historia en que todo sale mal. Podría ser una película de los hermanos Coen.
Al menos Lars logró lo que esperaba.

Toni dijo...

Vertiginosa historia. Quizás Lars consiguió hasta más de lo deseado.

Saludos!

Juji dijo...

Increíble trama y desenlace. Me ha encantado... será porque "el rollo" Destino, me encanta, ya venga de un cambio de ficha o por otro medio :)
Realmente perfecto.
Besazo.