-

-

¡Felices Navidades!

¡Felices Navidades!

miércoles, 7 de agosto de 2013

La cantina de la estación


Hace unas dos semanas fui a una estación para enlazar con un tren de cercanías que me llevó a la Puerta del Sol de Madrid. Allí había quedado con unos amigos para ir al cine. Paré en la cantina de la estación a comer algo y de ahí me surgieron unas ideas que esta semana me vale para la convocatoria juevera, al calor de la cual surgen los relatos que se pueden leer en el Daily

 LA CANTINA DE LA ESTACIÓN

Las cantinas de las estaciones suelen estar llenas de personas que no parece hayan viajado en mucho tiempo. ¿Por qué será?
Esas cantinas suelen estar sucias y en algunas el ambiente es hostil. No el de ésta, aquí la concurrencia, una vez que uno la contempla detenidamente parece amable. Son sencillamente perdedores de todas las partidas en que han participado desde hace mucho tiempo, que por alguna razón acuden cada día a un lugar donde todo pasa y nada queda.
Los hombres permanecen de pié adaptándose a la barra hasta parecer mascarones que salen de ella. Las mujeres se sientan en los banquitos. Hablan y uno se da cuenta que todos se conocen aunque nadie sabe de nadie.
El canario emite sus silbos en un tono ronco adquirido que testimonia una vida plena de excesos.
Tal vez acuden allí cada día para esperar la vuelta de sus sueños, una espera que llena esas vidas compartiendo soledades y acallando fracasos entre trago y trago, entre lamento y lamento, entre broma de la que son víctimas y broma de la que son victimarios. Entre suspiro y suspiro, entre maldición y maldición.
Como cantina de una estación de cercanías, los dramas y las ilusiones de quienes la pueblan son de corto recorrido.
Y es ese mismo día cuando uno de los hombres da un respingo. A través de los cristales traslúcidos ha reconocido una silueta entre las muchas siluetas anónimas que transitan al otro lado del cristal traslúcido.
Sale al andén y grita:
-          ¡Penélope!
Ella se vuelve. Es una mujer de unos sesenta años, a diferencia de él, con aspecto de tener presente y futuro, que pregunta:
-          ¿Soy yo a quien esperas?
Y él no contesta. Se nota que no es que no quiera, sino que tantas formas de responder que se le ocurren forman un tapón en su garganta.
Ella le abraza. Él llora. Ella asegura haber vuelto para quedarse con él. En la barba de una semana de él reluce algo más que el brillo del sol inclemente.
En la barra del bar, los que quedan, comentan algo sobre la etapa del tour de Francia.

Ninguno lo expresará, pero este hecho hace pensar a cada cual que su ilusión no tiene porqué ser una entelequia.

19 comentarios:

Montserrat Sala dijo...

la iluusión, no es una entelequia, simepre. Pero casi casi. Hay ilusiones que si se ven realizadas matan.

Mejor realidades,y verlas cumplidas.
In abrazo

Lois y Clark dijo...

Nos alegra que te hayas sumado a la propuesta y te haya venido como anillo al dedo.

saludos cariñosos

Tracy dijo...

Buena descripción de esa cantina donde parece ser que los sueños pueden ser posibles.

LAO Paunero dijo...

tu relato hizo despertar a los parroquianos Juan Carlos!!!!! Muy buen descripción

Alicia Gonzàlez dijo...

Que bien describes el lugar, haces que una se sienta partícipe del ambiente. Un besote

Sindel dijo...

Un paseo por esa cantina de sueños, nos regalas imágenes,sensaciones y un relato cuyo final emociona.
Un abrazo.

Cecy dijo...

De alguna manera pasear por la cantina, te hace conocer otros formas de sentir, y la ilusión que ilusión sea, pero sino que no muera, que se recicle para que vuelvan otras.
Que linda mirada, es la que siempre esta atenta no solo a ver, sino a mirar de frente.


Un abrazo JC :)

San dijo...

Tal cual lo cuentas, tal cual es. Te he leido y me has recordado una pequeña que hay en un pueblo cerca de donde vivo, no se si habrá llegado alguna Penélope, pero desde luego los parroquianos son tan parecidos.
Mew gustó mucho este relato Juan Carlos.
Un abrazo,y otro grandísimo para Cris.

Carmen Andújar dijo...

Ahora que lo dices, es posible que esas personas esperan a alguien que tal vez no vengan nunca, y si se produce el milagro, la reaccción es inesperada.
Una historia preciosa llena de Por qués; pero con una fina esperanza posible.
Un abrazo

Lupe dijo...

¿Sabes que me has recordado a esa otra Penélope, la del bolso de piel marrón, con zapatos de tacón y su vestido de domingo...? Exacto, la de Serrat.

Entretenido relato, vaya que sí. ¡Que no nos falten los sueños! ¿Quién puede vivir sin ellos?

Un abrazo.

Lupe

Leonor dijo...

Me ha encantado el tema pero más aún lo bien que nos has descrito la cantina, sus gentes, esos hombres como mascarones de proa, apoyados en la barra mirando hacia el público, para no perderse nada, quizá llegue lo que espera.

Un beso amigo juevero

Leonor

miralunas dijo...

me gustaría conocer esa cantina, Juan. asi, como la has descripto. y me gusta la defensa que haces de la ilusión y los sueños.

me ha dejado este relato como un regusto dulce en la garganta.

Alfredo dijo...

Ambientada hasta oler rancio, lo cual dice mucho y bien del relator.
Y sí, todos tenemos nuestra Penélope, sólo falta que adivinemos la figura oportuna a través del cristal traslucido en el momento oportuno.

Abrazos

Alberto V. dijo...

Bueno Juan Carlos, no es que te haga la pelota pero una vez más nos has deleitado, al menos a mí. La cantina está repleta de sentimientos reprimidos hasta el punto de tener que hacerlo "fuera" como si "dentro" estuviera prohibido hacer otra cosa que ver el Tour de Francia. Gracias por haber liberado a esos dos enamorados. Un saludo.

Esilleviana dijo...

Bien por encontrar esta salida a ese final infinito y transformarlo en una posible realidad, como la facilidad de convertir en efectivo y concreto los sueños. También me gustó la descripción de la cantina, es muy real, se pueden ver las imágenes de esa viejo bar/cantina de una estación.

un abrazo

Auxi González dijo...

Yo conozco a esa Penélope... Y me alegra que haya regresado aquel al que aguardaba... Por cierto, hasta aquí me ha llegado el olor y los rostros de los viajeros de tu cantina...

Charo dijo...

En este caso no es Penélope la que espera sino Ulises (bien por cambiar el cuento). La descripción de la cantina y sus personajes me parece magnífica. Besos

casss dijo...

Emocionante relato... Penélope siempre recupera esa imagen del amor eterno e incondicional, del que nos cuenta, que a veces se está a tiempo de empezar o de volver. Uno u otro, tiene que intentar dar ese paso en el andén que sea!

Un enorme placer lerte, amigo.

besos y buena semana!

Neogéminis dijo...

Me he quedado meditando en esa observación tuya tan cierta: las cafeterías de las estaciones efectivamente siempre parecen estar habitadas por gente que no viaja nunca a ninguna parte...pero quizás se hallen allí para paladear junto a un café, su propia melancolía por no animarse a irse!
Hermosa historia!