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¡Felices Navidades!

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domingo, 2 de junio de 2013

Una ciudad utópica

Con la intencion de participar en la convocatoria de relatos sobre ciudades utópicas que realizó Juliano el Apóstata, a la que éste relato llega tarde. Otros relatos, en este enlace.

Un coqueto rincón en la última galaxia





El planeta era remoto, si bien su parecido con la tierra resultaba de lo más reconfortante para los miembros de mi equipo, hartos de dar vueltas construyendo colonias en mundos ignotos y con extravagantes anécdotas con las que podríamos llenar bibliotecas.
Llegábamos con un buen dossier de estudios realizados, primero desde la órbita del planeta y finalmente realizados sobre el terreno por los androides exploradores. Pero ni en sueños imaginábamos un emplazamiento tan perfecto para construir la ciudad en que se asentarían los mineros que explotarían los yacimientos de la preciada plutoglucosa.
Nuestra empresa trata de integrar la nueva ciudad con el suelo en el que se emplaza, dotándola de una personalidad única y hacerlas merecedoras de ser conocidas. El espíritu es que, aunque un día se acabe el recurso para cuya explotación se fundó la ciudad, ésta siga viva y continúe siendo visitada.
Combatimos esas colonias impersonales que impone el Imperio elfoáurico, liderado por la seductora emperatriz Mmahr-yy-Bell, que están llenando el Universo de ciudades replicantes que imponen un diseño fijo, con los mismos aceros y cristales en cualquier entorno.
Para este trabajo elegimos un lugar cercano a la confluencia de dos ríos, desde el que las minas quedan diez kilómetros al este, el mar veinticinco al suroeste y la base espacial treinta al sur. Partiendo de la orilla sur del río más caudaloso, dejamos la zona de influencia de su ribera casi intacta, acondicionando en ella espacios de recreo y juegos, para que quede como corazón de la ciudad. Frente a ella se construye un centro cívico, que albergará la sede administrativa, una zona cultural a su derecha y otra asistencial a su izquierda. En los extremos de ese complejo de servicios sale una avenida que traza un círculo en torno a la zona residencial. Ellas albergarán el comercio en planta baja y oficinas en las dos superiores. La zona residencial es la que queda dentro de ese anillo. En él hay calles trazadas en paralelo y en perpendicular al río. En lo puntos de confluencia quedan plazas pequeñas y acogedoras en las que puedan situarse restaurantes y sedes de las asociaciones que se formen.
Los almacenes y talleres quedarán en las inmediaciones de las minas, para no perturbar la calidad de vida del núcleo urbano.
La ciudad se pudo construir con prontitud y sin problemas. El equipo, terrícolas en la mayoría, quedamos enamorados del resultado. Era todo tan perfecto, que nos resultaba extraño que, en plena expansión elfoáurica ni este lugar ni, especialmente sus yacimientos, hubieran sido ocupados y permitieran un respiro a la Unión de Naciones Libres, a punto de ser asfixiada por el monopolio de las materias primas por parte del Imperio.
Había gato encerrado. Y como no localizábamos, empezamos a sospechar que aparecería de forma repentina y demoledora.
En tanto, allí donde habíamos puesto la semilla brotaba la planta deseada. Cientos de niños jugaban en el parque fluvial, los comercios florecían en la avenida circular, las familias ocupaban las viviendas y daban vida a cada plaza. Las minas se explotaban a pleno rendimiento y la base espacial tenía una actividad frenética tanto de mercancías como de pasajeros.
El gato encerrado se destapó una madrugada. Era una estación exageradamente húmeda, en que hasta las fachadas de piedra parecían reblandecerse. Me despertaron los temblores de la tierra. Salí en su encuentro y al verlo mis piernas temblaron hasta casi no poder sostenerme. Decenas de gusanos del tamaño de un autobús, con ocho patitas en cada costado, deambulaban con pasos pesados y cansinos en dirección al rio.
Cuando la luz del nuevo día lo permitió, comprobé como al paso de los gusanos había destrozado el pavimento, hecho caer las torretas de telecomunicaciones y dejado un reguero de bultos.
Llegando al Centro Cívico pude ver a Umma, la bióloga del equipo, en medio de la procesión de gusanos. Estos no tenían ningún comportamiento hacia ella, sencillamente la sorteaban con escasa agilidad. Umma estaba absorta, agachándose al suelo y recogiendo algo, al punto que no se percató de mi presencia hasta que toqué su hombro. Entonces gritó - ¡Es genial! – y lanzó sus brazos, atiborrados del excremento de los gusanos para rodear mi cuello y darme un abrazo que por muchas razones ha quedado grabado en mi memoria.
-         Si es lo que pienso hemos logrado el hallazgo de nuestras vidas.
Y sí, era lo que ella pensaba. Los gusanos defecaban tierra pura. El suelo se degrada en segundos, pero no se regenera sino en generaciones. Y esa misma regeneración se producía en el ciclo digestivo de esos gusanos.

Así que, afincado en la nueva ciudad, nuestra empresa, además de diseñar nuevas ciudades, se ocupa de recuperar el suelo en que se emplazaban las ciudades clónicas levantadas por los ya decadentes elfoáuricos y su cada día más marchita emperatriz Mmahr-yy-Bell.



(Foto, parque fluvial en Aranda de Duero)

4 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Muy bueno, e intrigante, con una originalidad digna de destacar. Lo digo como asiduo lector de ciencia ficción.

Cecy dijo...

Un buen cuento para antes de ir a dormir, una galaxia donde abundara una naturaleza muy distinta, y por cierto con otro aroma al que estamos acostumbrados.

Un abrazo amigo :)

Tracy dijo...

Nas querido presentarnos una ciudad tan perfecta que has llegado tarde, pero se te perdona, jejejeje.

Natàlia Tàrraco dijo...

Y a mi que me suena de algo esta ciudad minera ideal ¿a qué? Esperemos que los gusanos resulten reciclables, que de sus excrementos se abonen cerezos y nísperos, todo es posible en la utopía mientras no resulte que se inventen hasta idiomas nuevos que son el de siempre con nombre estrafalario.
Más vale llegar tarde y pletórico de creatividad que no llegar, siempre se agradece.
Besitooooooooooooooooooooo.