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¡Felices Navidades!

¡Felices Navidades!

lunes, 22 de abril de 2013

Quietud





El agua está quieta. Es una lámina que refleja la paz de un cielo azul imberbe. ¿Que por qué digo azul imberbe? Pues porque las barbas del cielo son las nubes. Barbas blancas porque el cielo es viejo. Hoy no las hay. El cielo hoy está impecablemente afeitado.

Ni un atisbo de aire, si lo hubiera el agua tendría un leve movimiento, ¡si lo sabré!

La lámina comienza a reflejar unos movimientos que me gustan. Son apacibles movimientos debidos a las brazadas de una mujer. Las gotas se van cambiando el sitio suavemente como desplazándose por turnos en un juego. Sé que los produce una mujer porque son movimientos delicados, porque me gustan, incluso me excitan. No solo se que es una mujer, sé que es Bea, la amiga de mi hermana. Probablemente lleve ese bikini amarillo. Este año su cuerpo se ha hecho más femenino, sus pechos deben colmar el sujetador, los pezones resaltando, las nalgas rellenando con su perfecta redondez la tela amarilla, será aún mejor que el verano pasado.

Estrepitosamente el plácido mundo de la piscina se rompe. Las aguas saltan y caen lejos de su ubicación original. Seguirán las leyes de la física, si bien cada gota se siente viviendo una terrible aventura, un viaje a lo desconocido. No cabe duda que lo provoca un hombre, sin duda mi hermano. Y la lámina trata infructuosamente de recomponer su equilibrio, pero un braceo estentóreo se lo impide. Los ruidos del chapoteo son seguidos por chillidos y risas de mujer. De Bea.

Deben de haber salido del agua, porque la lámina se ha ido calmando; solo refleja tenues movimientos, los que produce la brisa del atardecer que me acaricia.

Imagino los millones de gotas reagrupándose, unas se reencontrarán, otras se encontrarán rodeadas de desconocidas. Tal vez se presenten, tal vez se hagan amigas. Ellas son todas iguales, todas válidas.

Las risas femeninas se alejan. Las siguen otras masculinas.

Una hoja cae bamboleándose hasta aterrizar en el agua y navegar. Sigo en cuanto puedo su apacible derrota hasta que sale de mi campo visual. Entonces distingo la voz de mi madre. Está hablando por teléfono: “Voy a buscar a Carlitos, le dejé en la piscina, ya sabes que era tan feliz allí. Ahora no puede bañarse, pero disfruta mucho mirando el agua. Sí, claro, quitamos el trampolín, lo primero que hizo Carlos después de aquello. Si, si, te dejo, llevo a Carlitos a cenar. Mañana te llamo, ¡tenemos tanto que contarnos! Un besazo guapa.”

Y tras cruzar con el consabido trompicón los raíles de la puerta de aluminio, ante mí aparece el salón en el que ya huele a comida.

- Carlitos, esta noche hay chuletitas, justo como te gustan ¿a qué estás contento?

La voz de mi hermano truena en el salón, como rayo que ilumina una pacífica noche. – Hasta luego mama, voy a dar una vuelta con Bea, cenaremos por ahí.

Noto algo en mis labios, no solo la impotente envidia.

- Carlitos cariño, venga, abre la boca, muerde tu chuletita.

Lo hago. La mandíbula aún me responde.

6 comentarios:

Tracy dijo...

Me lo pensaba, el relato, más feliz en su final.
En fin... otra vez será.

emejota dijo...

Un disfrute de lectura. Bss y
http://youtu.be/FchMuPQOBwA

Charo dijo...

Juan Carlos, he vuelto a leer tu cuento y veo que has cambiado el final en una palabra, me gusta más como lo leíste en clase. El relato es una verdadera maravilla!

Juan Carlos dijo...

Lo lamento Tracy, uno trata de ver el lado bueno de la vida, como Brian, pero sin dejar de mirar los dramas que se viven día a día. Muchas gracias.

Juan Carlos dijo...

Emejota, una de las felicitaciones más geniales que hje recibido. Colocaba el enlace con la incertidumbre de qué me mostrarías ... y me aparece el gran Stevie cantando.
Me encantó.

Juan Carlos dijo...

Gracias Charo, creo que sé a que te refieres, es una duda que tuve ayer antes del taller y resolví de un modo y luego al colgarla y lo resolví del otro. Hoy seguía dudando, así que tu opinión me ayuda a definirme. Ya lo cambio.