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¡Felices Navidades!

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miércoles, 30 de noviembre de 2011

Carta abierta a un perro loco


Esta semana, este jueves, el relato va de mascotas. En este momento un pelícano cruza la pantalla de mi TV graznando como un loco. Creo que pelícanos no, pero habrá interesantes historias en la tienda de mascotas de Gus.

Aquí, la CARTA ABIERTA A UN PERRO LOCO

Pues si, tío, te echo de menos. Hace 21 años de aquello. Mira que te lo decía, “ten cuidado cuando cruces la calle”. Pero tu nada, siguiendo tu nariz. Tiene su ironía, te atropelló un profesor de autoescuela y aún reclamó que le pagara el faro del coche que rompiste con tu cabeza.

Ahora tenemos una perra, se llama Björk, es todo lo contrario a ti, tranquila, faldera, mimosa, … Resulta aburrida. Vamos, que esta no desaparece durante días por aquellas huertas. Que luego me contaban que no te iba mal, eh, pillo. Y llegabas derrengado, magullado, para dormir y solo levantarte cuando reunías fuerzas, exclusivamente para comer.

Desde que nos conocimos dejaste claro que no iba a ser una relación normal. Yo, novio de tu ama, fui a hacerte una caricia y tú intentaste, para mi horror, tener una relación sexual con mi pierna. Víctor Manuel cantaba a su perro “Debo hacerte ver / no puedes engañarte por más tiempo /que no quiero cruzarme con un perro”, suerte que lo entendiste pronto.

A los abuelos les encantan tus anécdotas. Me piden que las cuente cada vez que les veo y siempre ríen a carcajadas. Especialmente la del bar de la carretera de Logroño, ¿te acuerdas? Escuchaste el ruido de un motor y saltaste para irrumpir en el coche por la ventanilla. Aterrizaste sobre el regazo del copiloto y con saltos rápidos y certeros pasaste al de cada uno de los tres ocupantes de los asientos traseros, y tras comprobar que no éramos nosotros, vuelta al regazo del copiloto y salida por la ventanilla. Nos marchamos y aquellos pobres aún gritaban

Fuimos colegas, buenos colegas. Recuerdo aquella parada en la subida al puerto de la Bonaigua, cuando te pusiste a corretear por el río, me di cuenta que tenías razón y vaya placer divino fue seguirte. O aquel salto en pos de una piedra que, si no te paro, habrías terminado en el fondo de un barranco. Aquel suspiro preciso en el ensoñador silencio que hace Elis Regina hace cantando Fascinaçao. Aquel baño que te pegaste en Peñíscola y que te costó una bronquitis, ¿te acuerdas del viejo jersey que corté para ponértelo? No querías salir a la calle, con él puesto. Y aquella noche, que nos quedamos en el billar con Javi y Miguel y llegamos a casa a las tantas y sin llaves, tirando piedrecitas contra la ventana para que nos abrieran, como un par de amigos que vuelven de juerga.

Y tus inexplicables filias y fobias. Tan profundas que a veces llegué a confiar en tu instinto para fiarme o no de alguien. Tuviste un enemigo imaginario. Bonanga nunca existió. Era solo una canción, Asimbonanga, de Johnny Clegg & the Savuka. Era muy divertido, cada vez que escuchabas lo de Bo-nanga hala, al balcón a buscar bronca. Reconoce que eras muy macarra, tío.

En lo malo, ya sabes. Aquella llegada a la playa, te escapaste y recorriste toda la primera línea de playa. Pisoteando a unos, salpicando arena a otros de los que tomaban el sol, robando pelotas, frisbies, interrumpiendo animadas conversaciones, descansos y yo persiguiéndote para explicarte que mediante un pictograma se prohíbe que los perros accedan a la playa. Y tu imperturbable en tu vandálico recorrido playero llegas al castillo que hacen aquellos dos niños, con sus palitas y su padre y ahí decides liberar eso tan asqueroso como líquido que sobraba en tu intestino. Justo en la torre del homenaje. Dudaba si negar vínculos con ese perro o matarte mientras trataba de sostener la mirada del hombre y los niños y en ello vienes mimoso a mi, grandísimo hijo de perra demostrando que entre tu y yo hay algo.

Algo, que queda en mi corazón y que quiero mostrar en esta carta.

Ahora una foto entrando en el rio Ebro.


Y una foto de Björk, que no se ofenda ...

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Este jueves, un relato: el canto de los excluidos

Esta semana, la lista de admitidos la publica el amigo Gastón, aquí.







“Ayer soñé con los hambrientos, los locos,
los que se fueron, los que están en prisión.
Hoy desperté, cantando esta canción, 
que ya fue escrita hace un tiempo atrás
Que es necesario cantar,
de nuevo una vez más” (*)





El sueño le había llevado de nuevo a aquellos tiempos. Recordó la canción y la entonó. Se la enseño un borracho argentino y se convirtió en himno de ese extraño colectivo que deambulada por la ciudad, sin otra posesión que algún espacio público, en que encontrar un efímero abrigo.
 
El sueño fue sueño, no pesadilla. No se lo podía decir a nadie, ni siquiera a Alberto. La ultima vez que ella le habló de aquel tiempo, él reacciono violentamente, espetándole – ¡Pues vuelve con ellos!
 
Vagó por las calles con ellos varios meses, imposible cuantificarlos con alguna precisión.
 
Llegó allí tras una larga huída. Huída de su casa, huída de todas y cada una de las tierras y ciudades que atravesó en un camino sin destino definido. Huída de África por barco, de la muerte por la mínima, de la costa por piernas, de las fuerzas de orden a lo largo de carreteras, pueblos y campos. Y finalmente, huída de los peores, de esos que, ya en el primer mundo, pretendían robarle lo único que le quedaba, la libertad.
 
La ciudad exhibe pero oculta. En ella descubrió la invisibilidad entre luces de neón y miles de personas que pasan sin mirar fuera de sí. Un día, un tipo compartió con ella un par de mugrientas lonchas de jamón. Ella preguntó donde las había conseguido y él, sin hablar, señaló un contenedor de basura. Permanecieron juntos compartiendo sus miserias, sus tesoros.
 
En pocos días se les unieron otros errantes, formando un grupo multirracial, heterogéneo y complementario, al que se unían o que abandonaban hambrientos como ella, locos, borrachos, gente huraña en quienes se adivinaba un pasado mejor y un futuro en blanco, perseguidos, olvidados, personas con o sin ilusiones, todos inofensivos y solidarios entre sí. Un grupo en que nadie preguntaba, ya que no tenían ni respuestas.

Apartando el acogedor edredón se puso su bata de seda y subió la persiana, para contemplar el horizonte, la paz de la urbanización y para sentir el aire del otoño que llegaba a su cara en ese día nublado, incierto solo en lo meteorológico. Volvió a cantar ese fragmento de una canción que le recordaba aquella etapa de su vida.
 
Y marchó a la cocina para preparar su desayuno.
 
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(*) Fragmento de la canción Inconsciente colectivo, de Charly García, musa de esterelato, que podéis escuchar a continuación.


lunes, 14 de noviembre de 2011

Escenas de Malvarrosa Primer ensayo del dúo Pimpinella, ahora cuarteto


Valencia.
Barrio de Benimaclet.
Día 12.11.11
Cerca de las 24,00 horas.
Entrada del Kaf Café, calle Arquitecto Arnau.
Ante la atenta mirada de Natalia, Alfredo, Manuel y Andrés (marido de Carmen), el nuevo dúo Pimpinella, formado por Carmen y Vivian, al que se unen Ana y Cris (mi mujer), entonan una canción de aquel incalificable dúo.
Más al fondo se puede ver a Ferrán y a Pepe ajenos a la acción.
Ensayo que fue un brillante colofón para una jornada tan disfrutada como esperada.
Quedamos ansiosos por asistir a la primera actuación en directo del nuevo dúo/cuarteto.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Petit mort


La propuesta para este jueves es la pequeña muerte.
Otras visiones del mismo asunto en el blog de Gus
Ahí va la mía:



¿Ella? Tendida. Aparentemente sin consciencia ni energía. Poco antes estábamos realizando la gran fiesta de la vida.

Contemplando con delectación a esa gran mujer que vivía su pequeña muerte me di cuenta que ese momento era el reflejo de la muerte absoluta de un pequeño y encantador ser de vida efímera.

Un ser que nació en el restaurante, durante la cena. Antes existía, como proyecto muy nítido en mi mente, más brumoso en la de ella. Nació exactamente cuando saqué la botella de vino rosado de aguja del cubo metálico lleno de hielos, para rellenar el vaso de ella. y nuestros ojos se encontraron en una mirada directa, buscando (y encontrando) complicidad.

La conversación se fue vistiendo de terciopelo para hacer desear el contacto, un contacto que se producía continua pero tímidamente, como una necesidad, con la insistencia de una adicción.

Y llegados a la intimidad del hogar, sin las trabas que impone el pudor, los cuerpos fueron acoplándose hasta la completa fusión que concluyó, dando lugar a la pequeña muerte de ella y a la muerte real de ese ser que iba directo al cielo de las buenas cópulas, esas que quedarán en el grato recuerdo de sus protagonistas.

Pasé mi mano por su mejilla, ella sonrió, la vida volvió a sus ojos, señal de una pequeña resurrección que festejamos con un beso, largo e intenso.