-

-

¡Felices Navidades!

¡Felices Navidades!

martes, 6 de septiembre de 2011

Barajando y repartiendo



La fortuna es una prostituta
(Hamlet –no textual)





Baraja y reparte con movimientos lentos, un brazo oculto, el otro arremangado, siguiendo rígidas normas compiladas en un protocolo que garantiza la igualdad de oportunidades.

La mano es mero instrumento de la fortuna.

Y cuando se confía en recibir el rey de diamantes, la carta que se descubre es un innegociable dos de picas.

Y, de nuevo, solo queda el ingenio para jugar lo mejor posible esa carta.





Otras ideas surgidas del truco de Rene Lavand en el viejo y querido blog de Gus

jueves, 1 de septiembre de 2011

¿Hay alguien en casa?

Foto y título tomados, con autorización del blog Reflejos de nuestra amiga y compañera de los jueves, Mari Carmen.
La fotografía corresponde al llamador de una puerta en Albarracín, Teruel.
Mi agradecimiento por su colaboración y por las fotos de los países nórdicos que ha compartido en su blog.


El viajero recorre un pueblo presente en cada debate sobre cual es el más bonito de España.
Camina sobre el empedrado, nunca llano, viviendo en un tiempo que sabe posterior a aquel en que se construyeron los edificios pero anterior al que vivía cuando cruzó el túnel que le adentró en el casco histórico.
Se embriaga con ese yeso rojizo de las paredes, con esa recia madera que cierra los huecos para portones y ventanales.
Y en los portones, los llamadores. Grandes llamadores de hierro. Especialmente uno, que absorbe su atención.
 
Ve dos figuras que denotan fuerza, que pudieron ser leones rampantes, protegiendo unas figuras prominentes: unos cuellos escamados, que conducen a lo que sería una cara, con su par de ojos y, finalmente, una boca abierta.
Hay tres pequeñas en la parte superior y mayores en la inferior. En la superior, las laterales van acercándose a la central hasta converger las tres bocas. En la inferior, más bien al contrario, sus bocas se van separando ligeramente.
Las tres mayores reposan sobre otra superficie metálica, en la que, si percuten, sonará un ruido característico que advertirá a los moradores de la llegada de un visitante.
Flanquean esa placa unos herrajes con forma cuadrada, cruces con las puntas agrandadas u unidas entre sí a través de círculos.
El conjunto parece simétrico, pero reparando en las cabezas de las ¿serpientes? ¿dragones?. comprueba que no es así.

El viajero, desde tiempo más moderno al que se confecciono esa aldaba, admira el trabajo realizado, saborea esas reminiscencias de un tiempo en que cada vivienda estaba personalizada con un incunable metálico, cada aldaba diseñada al gusto del propietario, surgida de la fragua y del arte que en cada ocasión aplicara el herrero.
Vuelve al tiempo actual, a aquel en el que cruzaba las tierras predominantemente rojas de la provincia de Teruel, recordando el timbre que compro en la ferretería, fabricado en línea e idéntico al de millones de viviendas de todo el mundo.
Y se sumerge en el tiempo que contempla, el tiempo que siente y piensa quien estará detrás de esa recia puerta, quien abrirá esa puerta, con la alegría de recibir una visita, con el fastidio de dejar lo que estuviera haciendo para atender a una molesta visita.
Y tiene ganas de probar. Se pregunta quien encargó ese llamador, lo hizo alguien fallecido hace siglos cuando estaba en su plenitud vital. Y se pregunta quien habitará ahora esa vivienda. Si es que hay alguien en casa.
Y bajo la premisa de saber si hay alguien en casa, agarra las tres serpientes superiores para mover el metal y hacer funcionar, una vez, el llamador. Luego, vencida la timidez, otras dos seguidas.
Y se queda prendado en la puerta esperando.
Y escucha unas voces que dicen
- ¡Carlos! ¡Venga, seguimos!
Y segundos después escucha ese ruido del cerrojo que se descorre. Hipnotizado ante la próxima visión desoye la llamada anterior.
Una cara, trabajada por la vida, por una vida con pros y contras, digamos en 55%-45%. Una cara mayor con ojillos inquietos. Una cara que sonreía esperando lo bueno, ya que lo malo parecía superado. Que le mira.
- Buenos días, señor
- Buenos días señora. Perdone, es que me gustó la aldaba y no pude evitar llamar – mintió el, reteniendo su curiosidad, su deseo por profundizar en los secretos de la casa que anunciaba la aldaba.
- No se preocupe, a muchos le pasa lo mismo. Que pase un buen día en mi pueblo. – escuchó mientras se cerraba la puerta y, con ella, definitivamente, la posibilidad de profundizar en el misterio que le ocupaba.
Y escucha de nuevo:
- Caarloos, nos vamos al restaurante de la Plaza.
Y el viajero, tras una tímida sonrisa dedicada al portón cerrado, deja al pairo de su imaginación el misterio de lo que está detrás de la aldaba, camino del restaurante.
Quizás sea un asunto sobre el que escribir

 
Otras descripciones de imagenes en el blog de Gus