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¡Felices Navidades!

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miércoles, 18 de mayo de 2011

Dilema existencial de personaje y autor



Si pienso, luego existo, si escribo existo. Lo que escribo ¿existe? Sí, en cuanto toma forma en la pantalla, en el papel. En realidad no existe. En mi mente existe. En tu mente ¿existe? Sí, en tu mente existe, pero no igual que en la mía. Tu mente diseña lo que yo imaginé, y lo completa con su propia fantasía.

Así que lo que escribo tiene vida propia, ya que contigo interactúa de modo diferente que conmigo. Tiene más vida que yo. Yo soy lo que ves; mientras que lo que escribo es lo que imaginas.

Repaso entre mis personajes El ultimo es un tomatito cherry, no me vale. Baltazar tampoco es híbrido. No me mires así, tu custodia es compartida con Carmen, tu madre. No, no es una faena, tu, como Óscar, hijo de Natalia. Tienes padre y madre. Los demás solo padre.

- Entonces me toca a mí – dijo el trompetista con EPOC de Hasta el último soplido.

- En efecto. ¿Qué sientes, que vives como personaje de ficción?

- Mira Juan Carlos, serás el Creador, ser supremo de nuestro mundo, pero eres un cabrón. ¿Que como me han visto? Como un esbozo. No me describes para nada. Sólo soy un trompetista afectado por EPOC que no sabe si llegará a dar la última nota. No podías putearme másSA. Sí, mucho coraje, pero si sigo en la orquesta es por enchufe del director.

- Es una historia conmovedora, los comentarios alaban tu valor, tu capacidad de superación ….

- ¡Un huevo! Mírame, no tengo nombre. Ni cara. Ni pelo, ni estatura, ni … ni nada.

- Ya te daré otro papel, te parece el trompetista con EPOC en cura de rehabilitación en el Caribe.

- Je, je. Ahora coña.

- No te quejes, al menos tu no mueres.

- Ja. Nosotros no somos como vosotros. Vosotros envejecéis, morís, pero nosotros podemos ser eternos. Mientras exista el cuento vivimos, siempre estaremos vivos al inicio de la historia. Aunque al final muramos, cada vez que alguien inicia la lectura estamos vivos. Mira, Alonso Quijano siempre está igual de zumbado, pero Cervantes murió hace mucho.

- Pues la semana pasada casi palmáis todos por el apagón de blogger.

- No me lo recuerdes tío, las pasamos putas.

- Tranquilo, os tengo asegurados, estáis en el disco duro y en un pen drive. Venga, cuéntame como te han visto los lectores.

- Te lo he dicho, como un enfermo que se mantiene en la orquesta por capricho del director. Un viejo amigo que tuvo el talento que a mi me faltó para llegar allí.

- Lo que me faltaba, un personaje con la autoestima baja. No te preocupes, nunca fallaste una nota. Dime, que sentías cuando te leían.

- ¿Sabes lo que se siente cuando te leen? Es un momento grande. Sabiendo que no existo me convierto en el centro de la atención del lector. Se meten en mi piel, me viven. Me ponen una cara, un traje, pelo o algunos me pusieron calva, una edad, cada uno a su modo. Me configuro de una forma en cada lectura. Y viven mi problema, mi angustia, mi satisfacción al terminar el concierto sin haber fallado. Miran con mis ojos al director, a la solista, a esos otros miembros de la orquesta que no describes.

- ¿Sientes que existes?

- Cada vez que me leen sí. Es muy adictivo, estoy ahí, esperando que alguien se fije en mí y me lea, me de vida … Como me gustaría ser personaje de Ken Follet, siendo leído millones de veces. Hombre, me gusta ser tu personaje pero entiéndelo, me siento hijo de un dios menor.

- Y yo, ¿tu crees que yo existo?

- No lo sé, a veces creo que sí, que eres un creador que con su máquina nos hace existir o nos borra, nos configura como quiere y nos hace vivir lo que le da la gana, pero otras veces creo que solo eres un personaje de una larga novela, con una vida tan pautada y predeterminada como la de un personaje de ficción. Hay algunos que sostienen tesis nihilistas, que creen que solo eres una quimera, un reflejo de nosotros, tus personajes.

¡La leche! Voy a terminar este relato con crisis de identidad.

Otros dilemas existenciales en los micro de Gus

miércoles, 4 de mayo de 2011

La batalla de la ensalada


Una vez más se abre el cajón de las verduras. Cuando las manos todopoderosas cogen la lechuga saltan las alertas ante la inminencia de una nueva batalla.
Con un certero corte, media lechuga queda sobre la encimera y la otra media vuelve a la nevera. Con su característica voz, inaudible para los humanos, las hojas de las dos mitades entonan su canción, a ritmo de habanera:
- Olé y oleeeeé, las hojas de la escarola que yo amé / Hojas de amor que nunca olvidaré.
Nuevos cortes, no menos certeros terminan con las hojas de lechuga esparcidas en el bol. Una voz con marcado acento castellano, incita a mantener el predominio verde.
- Ya lo sabéis, lo hemos hablado muchas veces y ahora llega el momento de hacerlo: hay que envolver a los tomates, ocultarlos. Recordad que somos de huerta. Que no somos una iceberg.
 
Del cajón de las verduras salen ahora dos tomates, entre los vítores de los que quedan esperando su turno. Reciben esas dos incisiones, la primera para quitarles su pelo, la segunda con que les extirpan el culo. Luego los cortes en los trozos que presentarían batalla.
En el característico lenguaje de los tomates, inaudible para los humanos y con marcado acento almeriense los tomates se escucha la arenga:
- Tenemos más peso, hay que aprovecharlo y aplastar a las verdes. Somos la esperanza del orgullo rojo. - Apela al espíritu del gazpacho y recuerda el invernadero, recuerda que fueron alejados de su madre, esa sufrida mata, con el objeto de teñir el mundo de rojo.

Los trozos de tomate caen a plomo sobre los de las hojas de lechuga. Ya, emparejados, las lechugas empiezan a levantar sus extremos, como iniciando la maniobra envolvente; los tomates hacen fuerza para aplastarlas, como queriendo incrementar su peso.
En esa tensión se mantienen hasta que comience la batalla sabiendo que antes han de superar los siguientes pasos:
- La caída de la maldita cebolla, siempre estorbando.
- El bombardeo de aceitunas.
- Los blandengues trozos de huevo duro.
- La inundación de vinagre.
- La de aceite. Hala, todos pringosos.
- El inevitable granizo de sal.

Y llega el momento de la verdad. Comienzan a revolver la ensalada. Los trozos de lechuga van rodeando a los de tomate, que tratan se zafarse. La acción se acompaña con amenazas, imprecaciones, insultos, tanto en lenguaje lechuga como en lenguaje tomate, ambos inaudibles para los humanos, pero comprensibles entre sí. Vueltas y vueltas, como dadas por un loco, como mandan los cánones.

Y cuando las vueltas terminan en el bol predomina el color …. verdirrojo.

La batalla ha quedado equilibrada. Ambos bandos pueden argumentar éxito, como siempre; pero no celebrar una victoria, nunca pueden.
Como en cualquier guerra.

En el cajón de verduras un tomatito cherry, pregunta a un viejo tomate en rama, ya con arrugas en su pellejo:
- Señor, ¿no es absurda esta guerra?
- Muchacho, las guerras se luchan, no se comprenden.


(La foto anterior corresponde a una ensalada realizada en tiempos del armisticio de 2006)

Más historias alimenticias, sean más o menos pacíficas, en éste Lugar de encuentro.