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¡Felices Navidades!

¡Felices Navidades!

miércoles, 6 de abril de 2011

Esculpiendo a Bárbara

      Mientras firmaba el albarán que daba fe de que ese trozo de mármol había llegado en tiempo y forma a su estudio, Baltasar ya sabía como lo iba a utilizar. Mirando la pieza, todavía tan dúctil para ser convertida en cualquier cosa, la acarició diciendo:
     
      - Bárbara, sabía que finalmente serías mía.
     
      Cayó la noche, se fue la luz. Con la poca iluminación que le daban las dos velas medio gastadas que encontró, empezó a trabajar, lo necesitaba, cuanto antes mejor, la inspiración que sentía en ese momento le daba una gran fuerza que necesitaba canalizar.

      Cogió el puntero y empezó a desbastar aquel bloque aún sin vida, en el que sabía se escondía Bárbara. Después de tres horas, ese mármol ya no parecía tan frío, iba tomando forma. Estaba cansado; pero ahora no era tiempo para dormir. Cambió de instrumento, tomó el cincel dentado para dar a su creación, a su amor, el volumen deseado. Se emocionó al advertir que ya se entreveía la silueta de la cabeza, Notando que el brazo cada vez le pesaba más, supo que debía descansar; aunque en esos momentos le era imposible. La adrenalina que circulaba por su cuerpo alimentaba su furor creativo.

      Ya no disponía de la fortaleza de antaño, los años le iban causando mella, se acercaba a los sesenta y eso se notaba, las canas iban asomando poco a poco en su pelo largo moreno y ligeramente ondulado, en eso no había cambiado, siempre le gustó esa medida. Para trabajar ya usaba gafas, la presbicia comenzaba a causarle estragos. Últimamente decidió que desapareciera de su cara la barba, le entró la manía de que ya nadie la usaba, salvo los gays. Viejo maniático, fuerza mermada, pero más creativo que nunca.

      Rendido a la necesidad de dar descanso a su cuerpo, se sirvió una copa mientras su cerebro seguía ideando como incidir en el bloque de mármol para llegar a las formas soñadas, las formas de su Bárbara. El alcohol relajó al artista, que miró su obra, constatando lo que ya era realidad y entreviendo lo que pronto sería patente.

      Recuperada su energía, comenzó el trabajo fino, esos pómulos prominentes, esa nariz afilada, mas no estrecha, esas orejillas pequeñas y redondeadas surgían de su maestría.

      Iba hendiendo el trépano para conseguir los orificios nasales, auriculares, la boca entreabierta para que asomara esa dentadura de piezas pequeñas con una ligera imperfección que la hacía única.

      Se separaba, miraba a la figura que iba resultando, y le decía – Bárbara, mi amor, ya llegas, ya llego.

      Según realizaba el rostro, éste adquiría funcionalidad. Así, a medida que los ojos iban tomando su forma no solo veía aquellas pupilas mágicas, también se sentía observado, y cuando las orejas quedaron configuradas notó como

      La cara estaba prácticamente acabada, solo faltaba pulirla. Agarró el esmeril y comenzó a frotar insistentemente la superficie. Empezó por la frente, poco a poco iba quedando lisa y brillante, continuó por los ojos, hasta perfilar esa mirada penetrante y arrolladora, siguió con la nariz que daba una gran armonía a su faz, las orejas, y por fin la boca, poniendo brillo a esos labios gruesos y sensuales. El cuello esbelto, unos hombros redondeados y bien formados, fueron el final de aquel trabajo de pulido.

      Posó las manos sobre la obra, acariciándola lentamente, sintiendo la suavidad que sus herramientas habían logrado, cerrando sus párpados agudizó el sentido del tacto, ya no notaba el frío mármol sino la piel de su querida Bárbara, si ¡Bárbara!. Al pasar la mano sobre su boca, un beso le hizo estremecer de placer.

      El nuevo día llegaba, un nuevo sol alumbraba su creación. Se sentó frente a ella y mirándola sintió su reproche. Bárbara le hablaba, le recriminaba. ¿Por qué?

      -¿Que él la quería? ¿Y por qué pospuso tanto su creación? -, era un artista egocéntrico, ¡menudo amor! Que ella, como Penélope, deseándole tanto tiempo y, ¿quien llega?, un hombre mayor y sin atractivo. - Tú no eres quien yo espero.

      No, no se merecía que le tratara así, después de crearla, de tanto sacrificio. Tras tantos años siéndole fiel, sin siquiera pensar en amar a ninguna otra. Se sentía vacío, castigado, con un peso inaguantable dentro de su pecho. Se tapó los oídos, ni quería ni podía seguir escuchándola. Miró aquella cara perfecta fijamente, acercó sus manos, la elevó por encima de su cabeza y, lanzando un gran grito, la arrojó contra el suelo, con tal fuerza que su amada quedó hecha añicos. Baltasar se tiró al piso llorando como un niño, igualmente hecho añicos, sabiendo que la había perdido para siempre.

      En su infantil rabieta se pinchó con la punta afilada de uno de los trozos. Quedó quieto, se sentó y soltó una risotada. Instante de clarividencia: la mujer perfecta es una entelequia. Solo puede ser ideal para el hombre perfecto. Entonces se dijo.

     - No Baltasar, no eres más que un hombre imperfecto. Tu mujer ideal es una mujer imperfecta. Esa que te sonríe cuando recoges el correo, la que te pone ojitos.

      Ni corto ni perezoso y pese a su estado deplorable, recogió un par de flores de papel, de esas que realizó con sus alumnos. subió al 3º E, llamó al timbre y minutos más tarde, cuando una mujer casi sesentona, enfundada en una bata morada, abría la puerta y le miraba entre confundida e ilusionada; él desplegó la más seductora de sus sonrisas ofreciéndole las flores, al tiempo que musitó:

      - Beatriz, acabo de aprender una lección que seguramente será la más importante de mi vida.

Esculpido y pulido por Carmen y Juan Carlos.


      Otros rostros a cuatro (o hasta seis) manos en el blog de Gus