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¡Felices Navidades!

¡Felices Navidades!

jueves, 17 de marzo de 2011

Hasta el último soplido

Este jueves el relato lo formamos una orquesta de la que soy un percusionista. Otros virtuosos instrumentistas en :



Cada vez que llegaba al último soplido pensaba sería el último que pudiera dar en vida. EPOC dijo el médico y él pensó en la percusión. Pero no, no era ninguna onomatopeya sino un diagnóstico. Sí una vez más la última nota había salido de la trompeta merced a la última bocanada del aire almacenado en esos poco operantes pulmones

Hasta ahora nunca había fallado. Su temor iba en aumento, se torturaba pensando que algún día, en la línea de las trompetas la suya no sonara o, aún peor, rompiera la armonía cifrada en los signos del pentagrama.

Anhelaba terminar, sentir esa bajada de tensión de todo el grupo, en estado de identidad emocional. Contemplar los rostros demacrados, tras la emoción, tras la entrega, tras realizar música, que como bien inmaterial ya se había diluido y quedaba solo en el recuerdo, en el corazón.

Observaba a la solista, aislada del grupo por ese enorme mueble cuyo sistema nervioso parecía descomponerse. Tras el rubor que coloreaba su rostro, cruzado de arriba abajo por lágrimas se percibía un tic, como si quisiera reducir su cuerpo, encogiéndose como para aproximar entre sí los hombros, hacia los que llevaba los puños recogiendo los brazos.

Miraba a ese director, viejo compañero. Sabía que para él la vida no se medía en días, sino en ensayos, no en meses, sino en conciertos, no en años, sino en programas.

El destino, decía, pero seguramente fue el talento el que decidió cual de los dos amigos y compañeros llegaría a director y cual se quedaría en trompetista. Ese hombre que tras su rigor y jugándose tanto, le permitía seguir tocando la trompeta a pesar de que a buen seguro conocía su discapacidad.

Y el trompetista volverá a sentarse en su lugar, dentro de la orquesta, a dar hasta el último soplido, con la confianza de que la EPOC no se refleje en sonido.

sábado, 12 de marzo de 2011

Madre tierra






En el fondo de la gruta, Gdruññ se despertó por el frío y trató de obtener más calor. Así que se arrimó más al cuerpo tumbado a su lado. Sin embargo, ese cuerpo no desprendía ningún calor. Con solo palpar y olfatear un poco se apercibió que ese cuerpo estaba muerto.

Tendría que avisar al grupo, pero lo demoró. En la oscuridad de la larga noche de invierno, se mantuvo tendido, repasando con sus manos espalda, abdomen, brazos, piernas del cuerpo que cuando se acostaron desprendía calor, energía y ahora solo sería útil como alimento

No podía ser casualidad. Justamente cuando el grupo estaba al borde de la muerte, sin más soluciones alimenticias que chupar pieles, mascar maderas, lamer piedras; ese cuerpo daría las proteínas para subsistir.

Luego intuyó que alguien había decidido que así fuera. Una fuerza superior, protectora. Una fuerza que estaría en lo alto, que tenía en sus manos el misterio de la vida.

Una fuerza que tenía que ser hembra, como ellas que de repente y sin ninguna razón sacaban un nuevo ser de entre sus piernas y le protegían hasta que obtenía autonomía.

Cuando Gdruññ comunicó a sus compañeros el fallecimiento también comunicó su reflexión y así se inicio la adoración de la madre naturaleza.



Las sociedades se hicieron complejas y sobre la misma idea que a Gdruññ le sugirió la adoración de la mujer, se trató de destruir ese poder, fomentando el sentimiento de culpa y dañando autoestima de las mujeres, creando en los hombres un mito de superioridad. Mito que nadie creyó, pero que dio a los seres de cada género un papel a interpretar en la vida. Los hombres asumieron las responsabilidades y las mujeres quedaron relegadas a un papel que se consideró menor: ejercer sus funciones mágicas..



Sin embargo nunca nadie consiguió eliminar el mito de la madre naturaleza. El misterio femenino. El encanto femenino.

Musica, la femanina Stevie Nicks cantando el embrujo femenino da Sarah
Otros relatos sobre "ellas", en lo de Gus

jueves, 3 de marzo de 2011

LA PRIMAVERA LA SANGRE ALTERA




Más efectos de la primavera en
Se estrujaba el grano sin piedad, entre los pulgares ¡chofff! Luego aplicaba dos capas de crema astringente, exfoliante, abre poros. Et voila!: fracaso total, a la mañana siguiente otro forúnculo seboso en la frente, justo al lado del que ayer exterminó... ¡agotador, desalentador! En eso llamado cutis o epidermis, brotaban, continuamente, inevitables volcanes en erupción. Para más inquina no le salía ni un maldito pelo varonil en el mentón. Y lo intentaba, con la maquinilla de afeitar que hurtaba a su padre. Se repasaba la barbilla, recordando que decían: “cuanto más te afeites, más bigote te sale, ¡tú dale!” Al menos ese mentón lampiño tenía hoyuelo, un hoyuelo que iba aprendiendo a utilizar para seducir.
Escuchó risitas femeninas a través de la puerta del baño entreabierta. ¡Blanquita y su hermana!...Una cosa buena que había hecho su hermana en la vida, llevar a Blanca a casa y al final se iba a fastidiar todo. Seguro que se reían de él por verle así, apestando a after shave. Cerró la puerta y se quedó ensimismado mirándose en el espejo sin verse “¡Ay! blanquita, cara bonita, ¡pechitos con sus pezoncitos muy salidos! Blanca, sueño imposible”. ¿Cómo acercarme a ti al salir del instituto con esta jeta plagada de granos, delante de todos? No voy a tirarme de cabeza a la piscina del hazmerreír”
El destino le daba la ocasión que se merecía: la tenía en casa y en bandeja. Así que decidió dejarse caer en el estudio. Adivinaba que estarían chateando en Face o contándose secretitos. ¡Ánimos Oscar!
Allí estaba, a punto de cruzar el umbral del críptico universo femenino, cuando las trescientas maneras que había ideado para realizar su entrada, más o menos, impactante, decidieron marcharse y fueron sustituidas por un inoportuno temblequeo, dejándole, como quien dice; en pelotas virtuales.
Pero ya estaba dentro sin llamar, ni el más simple ¡toc, toc!. No las veía, seguro que estaban retumbadas en el sofá, ante el portátil. No las escuchaba, tal vez debido al escándalo de su propio corazón BOUM, BOUM ¿O a las glándulas disparadas de la testosterona? Entonces, de la trasera del sofá, asomaron las cabezas de ambas. Calcadas, dos cuerpos andróginos, dos rostros pálidos, el pelo de Blanca teñido en tono violín. ¿A qué jugaban así desnudas, a los zombies, a las Barbies, a...? ¿Se besaban? Nunca entendería a las chicas, ni ellas a él. Se lo demostraron levantándose furiosas para arrojarle un envase de tinte y guantes de plástico pringosos, un corbatín, unos tirantes, un chaleco, dos pares de botines, unas barbas postizas, hasta una tela con un retrato repelente, y lo peor fue ¡la maquinilla de afeitar eléctrica! que le dio de lleno en la ceja izquierda. Tuvo que ponerse una tirita.
Por el pasillo, sin aliento, rememoraba la imagen de aquellas desnudeces, punto anoréxicas; su hermana y Blanca eran copias clónicas ¿de qué?, se preguntaba.
Rendido a su negro destino pudo ver por la ventana que en el jardín, su perro y la perra del vecino hacían honor a la primavera, con ímpetus y sin vergüenzas. Oscar creyó que le explotaba otro de sus granitos.
Se encerró en su guarida, sintiéndose nadie, corazón roto, igual que el que tenía en su cuaderno de dibujo, cruzado por una flecha que iba en dirección de O a B. En el corazón no podía ponerse tiritas. Su existencia terminaba aquí, porque el amor de su vida jamás le querría. Flipaba a tontas y locas: “¿a lo mejor Blanca si que me quiere?, ¿a lo mejor si la beso yo en lugar de mi hermana?, pero en el fondo...en el fondo...”
En el fondo, estaba colado por una chica que anhelaba ser la mujer barbuda.
Iba a desplomarse sobre la cama para, tal vez, no levantarse nunca. Descargaría su frustración fantaseando sobre lo que había de femenino en la escena que acababa de ver, cuando entró su padre con un inalámbrico en la mano. ¡Puñetas, sin llamar! eso le sacaba de quicio, aún admitiendo que él había hecho lo mismo irrumpiendo en el estudio. Se arrancó la tirita ¡depilación en seco!
__ Es para ti. Laura.
__Hola Laura
__ Óscar, tengo dos entradas para el concierto de los Metro. Es tu grupo favorito, ¿verdad? ¿Vienes conmigo?
__ ¿Los Metro?, no me lo puedo creer. Te paso a buscar a las siete.
“Laura, gafotas, empollona, también granulosa. En el Insti la llaman la paella” Óscar no lo sabía, pero Laura adoraba con locura su mata de pelo rubio, su cara aniñada y mmm, ese mentón con hoyuelo.
Su padre haciendo ver que no había escuchado, añadió:
__ Oscar ¿Sabes lo de tu hermana?_ pura duda e intriga en la cara del chico_ Pues a ella y a Blanca les dan los papeles protagonistas de la adaptación teatral del Retrato de Dorian Gray que se escenificará en el Instituto. Tu hermana es Basil, el pintor. Se quiere rasurar el cráneo y ponerse barba ¡qué locura! afirma que le dará más morbo. Tu madre está que trina. Y Blanca es Dorian…el efebo eterno. La verdad, la considero una obra degenerada de maricones y estoy por enviar una enérgica protesta…
No escuchaba a su padre, tal vez la historia de Oscar Wilde; (qué casualidad, Óscar, su mismo nombre) las había trastocado. Blanca era inalcanzable y Laura, fan de los Metro, se le antojaba más en su onda, estaba a su alcance ¿palpable?
Se abandonó sobre la mullida cama, dispuesto a descargar la sobredosis primaveral, mientras aquel amasijo de visiones y sensaciones recientes, le dibujaba un cuerpo con la cara de Laura, hasta recrearla perfecta, aunque con algún granito ¡nadie es perfecto! y por algo la llamaban fogosa sartén, la del culito respingón ¡toda pasión para freírse a fuego lento!
Chillaban las oscuras golondrinas y las abejas a su polen, libando.