-

-

¡Felices Navidades!

¡Felices Navidades!

miércoles, 26 de enero de 2011

En medio de todo aquello


       El relato de este jueves se basa en la foto evocadora de musas que María José nos sugiere, por medio de Gus. Magnífica idea. Por cierto, más evocaciones debidas a esta foto aquí, en la convocatoria de Gus.
      Empecé a escribir y me dí cuenta que mi personaje era el viajero, como en Days are numbers. Es decir, Euterpe, musa de la música, me sugería esta deliciosa canción.


      El viajero se felicita cuando, al embocar la calle Mayor, percibe esa animación, que no sabe si es habitual o inducida por un momento especial. Como sea, su imaginación, fértil y fácil, se llena de sueños. Podría ser una noche mágica.



      Afronta la calle avanza hacia el Arco, como hacen tantas otras personas. Él lo hace sin esa decisión. Recién llegado y tras dejar su equipaje en el hotel, esta es su primer encuentro con la ciudad y, como siempre hace en esos primeros encuentros, le gusta pasear con tranquilidad, sumergirse en el nuevo ambiente. Piensa que conocer una ciudad es como conocer a una persona, lo primero y decisivo es sentirla para definir como continuará la relación.


      Aprecia en la ciudad una fuerte personalidad. Va observando escaparates, portales y balcones de época, mientras le adelantan más y más personas con toda la decisión de quien sabe donde va.


      Ese hecho le perturba, ocurre algo que le es ajeno y que condiciona la vida de la ciudad. El viajero se deja llevar hacia y hasta donde van los demás ¿Contagio o curiosidad? Sea lo que sea su decisión y en consecuencia su ritmo, siguen siendo más lentos que el de quienes pasan a su lado.


      Se da cuenta que en lo alto de la calle hay carteles con el retrato de una mujer y se pregunta la causa. Descarta la propaganda electoral: están demasiado altos. Deduce que será una fiesta, un acto popular en reconocimiento o recuerdo a alguna heroína local.


      Sigue su camino en el que prevalece la curiosidad. Se sabe testigo de algo especial, que va a condicionar su conocimiento de la ciudad. Siguiendo su metáfora, si estuviera conociendo a una persona, sería como conocerla cuando vive un momento de euforia.


      El viajero llega a la Plaza del Arco y la encuentra plena de gente. Una tarima concita la atención de la muchedumbre. Algo le impide fijar su vista allí, la dirige en cambio sobre los expectantes espectadores. No encuentra factores comunes, divergencia en la masa, convergencia en su atención.


      La tarima se ilumina, de fondo otra imagen de la mujer de los estandartes y un slogan que encuentra tan absurdo que ni memoriza.


      Alguien sube al escenario y ante el micrófono repite el slogan musicado. La plaza del Arco vibra con el rugido de la masa que le envuelve, que le asusta. Siempre ha sentido temor ante la unanimidad, que cree preludio, justificación de cualquier barbaridad. Y abandona la plaza, esquivando piezas de la masa a contracorriente, como riachuelo que avanza buscando el curso que le permita avanzar hacia su meta.


      El viajero llega a la ahora más vacía calle Mayor, perturbada con indeterminada frecuencia, por una voz de mujer matizada por la megafonía, por los coros de la multitud. Y busca la intimidad de su habitación, de la mesa del restaurante en el que cenará. Por la intimidad de su verdad.

miércoles, 12 de enero de 2011

Este jueves un relato: Historias calentitas - Aquella noche


      Aquella noche el viento no tenía clemencia. Sus embates azotaban la casa, carente de la protección de la ciudad. Nos sabíamos solos, vulnerables, expuestos. Los dos.
      Aquella noche yo la deseaba. ¿Y ella? ¿Me deseaba?
     Aquella noche me acercaba. Ella me rehuía pero me esperaba.  Me dejaba besarla, respondía mis besos, me permitía explorar su cuello, su mejilla y me rehuía, pero me esperaba. Exploraba sus labios, sus hombros y me rehuía, pero me esperaba. Eliminé su blusa,  dibujando con mis dedos el perfil de sus pechos. Eliminé su sujetador y entonces los pude empezar a gozar. Aproximé mi cabeza y sus manos comenzaron a guiarla, en un trayecto imprevisible pero gratificante. Ella comenzó a recorrer con sus labios mi cuello, mis mejillas, mis labios y yo ya no exploraba sólo disfrutaba con mis manos, con mis labios cualquier parte de su piel que tuviera a mi alcance.
       Y me rehuía, maravillosa huída con el encanto de la mitad superior de su cuerpo desnudo, con el bamboleo de sus pechos. Y me esperaba.
       Y cuando llegué a ella el viento ululaba, algo crepitó, un trueno resonó imponente y mientras la palma de mi mano alcanzó, de nuevo, la suavidad de su pecho, ella sacó mi camisa, por la cabeza sin desabotonar. Caímos sobre el sofá con los labios unidos, buscando la mejor forma de complementarlos. Las lenguas se encontraban. Mi boca fue bajando, barbilla, cuello, pecho, senos, ombligo y entonces me rehuyó. Y me esperaba.
      También la esperé y nuestras miradas encendidas se cruzaron. Interpretar ambos las miradas, comprender nuestra coincidencia, nuestra complementariedad, nos hizo soltar una risotada.
      Y fui hacia ella, atravesando la peluda alfombra que marcaba el espacio que nos separaba con un gateo de movimientos ralentizados. Su risa, mientras se alejaba, volviendo al sofá esperando que cayera sobre ella, me excitaban más aún. Las nuevas oleadas de besos habrían sido eternas, pero algo entre mis piernas me decía que tenía que haber más. Y algo entre sus piernas le decía que tenía que haber más.
      Fueron mis manos. Si, ellas fueron. Zafaron el botón y se introdujeron bajo sus pantalones. Su bragueta fue abriéndose, como para no oponer una resistencia que ninguno de nosotros deseaba. El tacto, primero de su vello, luego de su abertura, de todo lo que esa maravilla encierra, nos conmocionaron a ambos.
      Pronto ella también desabrochó mis pantalones, que cuando me incorporé, cayeron al lugar donde quedarían todo el fin de semana. Los suyos los saqué, bragas incluidas y los arrojé como los cosacos arrojan la copa vacía. Su desnuda vulnerabilidad, su desnuda perfección, se me ofrecieron creando una imagen que guarda en su museo mi memoria. Como la de sus ojos de deseo, sus ojos de entrega, sus ojos de esperanza.
      No supe con que parte de mi cuerpo acudir al encuentro de ese cuerpo que se me ofrecía y no tuve tiempo para decidir. Ella lo hizo. Caímos al suelo, sobre la peluda alfombra, ella sobre mí, marcando un ritmo con su pubis que acompasamos enseguida Contemplaba la perfección de sus formas mientras sentía como me adentraba en ella, envuelto en su calidez, acariciando con suavidad sus pechos, su ombligo. Reclamando su beso, gozando sentirla íntegramente. Gozando una parte de mi cuerpo en el suyo, gozando la concesión mutua de nuestros cuerpos.
      Nunca sabré como fue, pero estaba sobre ella y marcaba un ritmo. No lo pensaba, era un ritmo instintivo, primitivo. Sus gemidos denotaban satisfacción, los míos pasión. Sus dedos me aferraban con pasión, mi mirada de deleite, satisfacción. Noté como el fluido había iniciado su camino e intenté aflojar el ritmo. Ella asumió el protagonismo.
      Un rayo iluminó la habitación, me permitió ver su cara, sus ojos que reflejaban los míos, que reflejaban los suyos, que reflejaban los míos, que reflejaban los suyos ... y entonces el magma de la pasión brotó mientras sus besos me deleitaban.
      Tendido boca arriba, sus brazos rodeaban mi cuello. Las palmas de mis manos repasaban la conocida suavidad de sus nalgas una, cosquilleaban su espalda otra. Notaba su maravillosa abertura en mi muslo.
      Otra risotada, cuando ella levantó la cabeza de mi regazo, cuando yo la miré y cuando nuestros ojos coincidieron otra vez e interpretaron sus mensajes.
       Entre tanto, dedujimos que se había ido la luz. Bueno, ya volvería 
       Y agarrados de la mano fuimos a la cama para pasar una noche que, lamentablemente, sólo duró cuarenta horas.

miércoles, 5 de enero de 2011

Los Tres Reyes Magos C.B. - Este jueves un relato

     
       Este año los Reyes Magos estrenan forma legal. Ya son una Comunidad de Bienes.
      Ellos ni se lo planteaban, después de tanto tiempo trabajando juntos. Se reúnen con frecuencia, hablan de sus cosas. Reinos. Magia. A veces se ponen vídeos, por ejemplo de Juan Tamarit
      – Jo, es bueno el cabrón. No le termino de pillar el truco.
      Aunque ellos no tengan ningún problema, tienen asesores, ministros, economistas, letrados, chicos que se han graduado en universidades europeas y americanas con brillantez que no paran de prevenirles.
      - Gaspar, que sí, que tus amigos son muy majos, que tenéis un acuerdo de caballeros y lleváis mucho tiempo juntos, pero imagínate, mañana Melchor se lía con una jovencita ambiciosa que le convence que no es serio que el lleve el oro mientras Baltasar solo lleva mirra. Y ¿que pasaría? Por cierto, ¿Qué es la mirra?.
      - Baltasar, ¿seguro que ese Gaspar que siempre huele a incienso es un tipo serio? Para mí que fuma canutos.
      Hasta al autoritario Melchor le calentaban la cabeza.
      – Que sí, que esas formas de trabajar eran válidas hace 200 años, pero ahora los negocios se llevan de otro modo, ya no vale el apretón de manos.
      - ¿Negocio? ¿Qué negocio? – respondía Melchor para desesperación de su colaborador.
      Los asesores ponían el ejemplo de la competencia. Papa Nöel había creado, hace años, la Santa & Co, una sociedad con ánimo de lucro, radicada en un edificio de Wall Street, dirigida por ejecutivos agresivos que trataban de quedarse con lo que llamaban “cuota de mercado” de los Reyes Magos.
      El viejo, de presidente, en su despacho de la planta alta sin hacer nada. Rudolph, el reno, de relaciones públicas. Y una impresionante organización llevando el negocio, con plantas logísticas en las afueras de todas las grandes ciudades. Incluso habían empezado a diversificar el negocio, vendiendo lucecitas, ambientadores de pino, etc.
      Los Reyes, en cambio, siguen haciendo todo ellos solos, con un puñado de pajes. Insisten que no hay nada que modificar después de dos mil años de unión mágica y perfecta. Pero ante la insistencia consintieron a sus asesores buscar una nueva fórmula de mutuo acuerdo.
      Los asesores se citaron, uno de cada reino. Condujeron sus deportivo por el camino trazado por una estrella fugaz hasta que se encontraron en un lujoso hotel.
      Primero intentaron la fórmula de la sociedad, pero como uno aportaba oro, otro incienso y el tercero mirra, el notario les miró de forma rara. Preguntó
      - ¿Y qué es la mirra?
      Buscaron otra fórmula. Una ONG, pero a los tres reyes les pareció un rollo el borrador de estatutos, tantos artículos .... Más o menos lo mismo cuando se les propuso la fórmula de la Fundación.
      En cambio, cuando les explicaron lo que era una Comunidad de Bienes les pareció bien, cada uno dijo básicamente lo mismo: “si es lo que venimos haciendo toda la vida”.
      Así que este año, queridos amigos, será “Los Tres Reyes Magos C.B.” quien os dejará los regalos que os hayáis merecido.

      ¡Que los Reyes sean generosos con los amigos jueveros! Más historias de magia real en el mágico reino de Gus