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¡Felices Navidades!

¡Felices Navidades!

jueves, 1 de septiembre de 2011

¿Hay alguien en casa?

Foto y título tomados, con autorización del blog Reflejos de nuestra amiga y compañera de los jueves, Mari Carmen.
La fotografía corresponde al llamador de una puerta en Albarracín, Teruel.
Mi agradecimiento por su colaboración y por las fotos de los países nórdicos que ha compartido en su blog.


El viajero recorre un pueblo presente en cada debate sobre cual es el más bonito de España.
Camina sobre el empedrado, nunca llano, viviendo en un tiempo que sabe posterior a aquel en que se construyeron los edificios pero anterior al que vivía cuando cruzó el túnel que le adentró en el casco histórico.
Se embriaga con ese yeso rojizo de las paredes, con esa recia madera que cierra los huecos para portones y ventanales.
Y en los portones, los llamadores. Grandes llamadores de hierro. Especialmente uno, que absorbe su atención.
 
Ve dos figuras que denotan fuerza, que pudieron ser leones rampantes, protegiendo unas figuras prominentes: unos cuellos escamados, que conducen a lo que sería una cara, con su par de ojos y, finalmente, una boca abierta.
Hay tres pequeñas en la parte superior y mayores en la inferior. En la superior, las laterales van acercándose a la central hasta converger las tres bocas. En la inferior, más bien al contrario, sus bocas se van separando ligeramente.
Las tres mayores reposan sobre otra superficie metálica, en la que, si percuten, sonará un ruido característico que advertirá a los moradores de la llegada de un visitante.
Flanquean esa placa unos herrajes con forma cuadrada, cruces con las puntas agrandadas u unidas entre sí a través de círculos.
El conjunto parece simétrico, pero reparando en las cabezas de las ¿serpientes? ¿dragones?. comprueba que no es así.

El viajero, desde tiempo más moderno al que se confecciono esa aldaba, admira el trabajo realizado, saborea esas reminiscencias de un tiempo en que cada vivienda estaba personalizada con un incunable metálico, cada aldaba diseñada al gusto del propietario, surgida de la fragua y del arte que en cada ocasión aplicara el herrero.
Vuelve al tiempo actual, a aquel en el que cruzaba las tierras predominantemente rojas de la provincia de Teruel, recordando el timbre que compro en la ferretería, fabricado en línea e idéntico al de millones de viviendas de todo el mundo.
Y se sumerge en el tiempo que contempla, el tiempo que siente y piensa quien estará detrás de esa recia puerta, quien abrirá esa puerta, con la alegría de recibir una visita, con el fastidio de dejar lo que estuviera haciendo para atender a una molesta visita.
Y tiene ganas de probar. Se pregunta quien encargó ese llamador, lo hizo alguien fallecido hace siglos cuando estaba en su plenitud vital. Y se pregunta quien habitará ahora esa vivienda. Si es que hay alguien en casa.
Y bajo la premisa de saber si hay alguien en casa, agarra las tres serpientes superiores para mover el metal y hacer funcionar, una vez, el llamador. Luego, vencida la timidez, otras dos seguidas.
Y se queda prendado en la puerta esperando.
Y escucha unas voces que dicen
- ¡Carlos! ¡Venga, seguimos!
Y segundos después escucha ese ruido del cerrojo que se descorre. Hipnotizado ante la próxima visión desoye la llamada anterior.
Una cara, trabajada por la vida, por una vida con pros y contras, digamos en 55%-45%. Una cara mayor con ojillos inquietos. Una cara que sonreía esperando lo bueno, ya que lo malo parecía superado. Que le mira.
- Buenos días, señor
- Buenos días señora. Perdone, es que me gustó la aldaba y no pude evitar llamar – mintió el, reteniendo su curiosidad, su deseo por profundizar en los secretos de la casa que anunciaba la aldaba.
- No se preocupe, a muchos le pasa lo mismo. Que pase un buen día en mi pueblo. – escuchó mientras se cerraba la puerta y, con ella, definitivamente, la posibilidad de profundizar en el misterio que le ocupaba.
Y escucha de nuevo:
- Caarloos, nos vamos al restaurante de la Plaza.
Y el viajero, tras una tímida sonrisa dedicada al portón cerrado, deja al pairo de su imaginación el misterio de lo que está detrás de la aldaba, camino del restaurante.
Quizás sea un asunto sobre el que escribir

 
Otras descripciones de imagenes en el blog de Gus

10 comentarios:

Carmen Andújar dijo...

Qué llamador más curioso. Debe ser llamativo visto de verdad, y no me extraña que tu protagonista cayera en la tentación de hacerlo sonar. Ya no se hacen esas maravillas, ahora todo es en cadena, con formas rectas y para de contar.
Lo has descrito muy bien
Un abrazo

Mari Carmen dijo...

Juan Carlos, precioso el texto que le da vida a esa aldaba. A mi me pareció soberbio, bellísimo, pero no era el único, había muchísimos más. Y sí, daban ganas de tocarlo, una y otra vez, y a ver qué pasaba. Como te digo, había otros preciosos, cada uno el producto de un sueño, de una imaginación fecunda. Como la tuya. Gracias por haber pasado por mi blog, haberte fijado en él y publicarlo.

Un abrazo :)

Manuel dijo...

No es de extrañar esa compulsión a usar el llamador. Quien sabe si la intención del diseñador no fue esa misma, invitar a su uso al caminante.
Un abrazo

Gambetas de Lana dijo...

Me has dado en una tecla que me apasiona, lo antiguo. Quizás por nuestra joven argeninidad, es que me gustan los lugares con mucha historia, porque acá no los hay.
Muy buen relato.

San dijo...

La curiosidad del caminante, no es suficiente pasear y mirar de pasada, lo realmente enriquecedor es observar imaginar,preguntar descubrir y vivir así si se viaja y se aprende. Este relato tuyo tiene todoesto y mucho más.
Juan Carlos me encantó.
Un abrazo.

rosa_desastre dijo...

Viajar con tu relato sin moverse de la silla, eso si, hay que cerrar los ojos y a golpe de llamador, seguir imaginando.
Un beso

Natàlia Tàrraco dijo...

Hermosa foto de Carmen, me parece que ya está de vuelta y pronto dará señales de vida.

Es cierto, Juan Carlos, que una aldaba como esa, como algunas, encierran o mejor abren, un mundo de curiosidad, melancolia, secretos, ensueños. Dragones o sierpes, seres mágicos, por ahí, como dices, se podría empezar un cuento, ya lo creo. LLamó a tu corazón creativo ese llamador y otros muchos, y ventanas, y puertas y fuentes...
Besitos viajando en el tiempo.

maria jose moreno dijo...

Estoy segura que Carmen se encontrara muy orgullosa por el magnifico relato que has hecho de su foto. La foto es una maravilla, Carmen es una autentica profesional, pero tú no lo eres menos con las plabras. Sabes, tocar un llamador asi te adentra en un mundo de misterio, desconocido, te lleva la imaginación hasta límites inosopechados.
Un besazo querido amigo.

Pepe dijo...

Preciosa descripción no sólo de la aldaba, de su belleza única, sino también del entorno y circunstancias en las que debió fraguarse, de la oculta realidad que responde a su llamada, de las sensaciones que en el viajero provoca su contemplación. Magnífico complemento a la fotografía de Mari Carmen.
Un abrazo.

Juan Carlos dijo...

CARMEN: Mirando fotos me encantó este llamador, no puedo dar mejores razones que las que da Natalia en su comentario.
MARI CARMEN: Esta semana tu opinión era la más importante. Me gusta que te haya gustado el relato. Miré la Web de Albarracín y destacan los llamadores como atractivo turístico.
Ah, utilizan siempre el termino “llamador” yo lo simultaneé con “aldaba” que me parece una de esas bonitas palabras que nos dejaron los árabes.
MANUEL: Abres Un camino tremendo para continuar la historia, el llamador forjado con la intención de ser irresistible. Muy bueno.
GAMBETAS: Siempre recuerdo cuando enseñaba a un paisano tuyo la catedral nueva de Lérida. Él no podía entender que se llamara “nueva” a una edificación terminada en el siglo XV. Coincido en la pasión por lo antiguo. Vente por Europa y vemos algunos lugares.
SAN: Estoy de acuerdo con lo que dices y creo que puede ser más enriquecedor lo que se ve por esa simple curiosidad que lo que enseñan en visitas guiadas. Me encanta llegar a un lugar y sentirlo.
ROSA: Gracias. Lo bonito es imaginar, ir, por ejemplo, a ese momento en que el herrero terminaba de colocar la aldaba y la familia y vecinos lo comentaban, lo estrenaban, el niño que no paraba de llamar y la madre regañándole, … no sé, imaginar.
NATALIA: Das en el clavo, lo mucho que sugiere un llamador. ¿Y cuando, además de ver el llamador, se huele la comida? ¿Cuándo se escucha música? Apasionante.
MARIA JOSE: Muchas gracias, por cierto, a través del enlace que pusiste en twitter estuve mirando tus fotos y ojo, buenísimas también.
PEPE: Lo peor es que, leyendo los comentarios, se me ocurren más y más ideas. Es verdad que una aldaba puede ser muy evocadora.

Un abrazo fuerte y cariñoso a cada uno.
Ah, y a Gus, claro.