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¡Felices Navidades!

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sábado, 27 de diciembre de 2008

Inteligencia emocional

Ser padre de un niño con síndrome de Down es una experiencia muy especial. Es algo que cambia la vida y su enfoque. De un lado, la vida que era como una gran llanura, con escasas limitaciones derivadas de los compromisos personales, familiares, económicos ... se llena de vallas, verjas ... barreras. Como dice el estribillo de “Sad” de los (mis inevitables) Inmaculate Fools, “ So sad / things we never had”. De otro lado, la visión de la vida no es la misma. Un filtro se pone en tu lente y se ve algo donde no antes no había nada. Síndrome de amor, titularon su libro Marta y Estela Maglio. Y tal vez. Miro a mi Nano y me pregunto si realmente tiene una discapacidad psíquica. Tiene una diferencia notable, no llega ni llegará a los mínimos de los “normales”, pero, que es la normalidad, quien traza la línea que divide lo normal de lo que no lo es. Lo que veo en el es una capacidad enorme en materia emocional que me hace dudar si llamarlo “discapacidad”. Verle sufrir o disfrutar es sufrir o disfrutar uno mismo. No existe esa máscara que nos ponemos para no mostrar nuestros sentimientos. Verle querer obliga a querer. Pureza, espontaneidad, sencillez. Lo básico de la vida rebosa en él. Sabiduría natural. Inteligencia emocional. Su determinación para hacer las cosas disuade de disuadirle. Esa inteligencia emocional lleva una comunicación muy especial. Desde muy pequeño he notado como transmite y percibe sensaciones, pero no por ninguno de los cinco sentidos conocidos. Y posiblemente mejor que muchas personas. Llevo años tratando de escribir esa sensación, porque se que será lo mejor que escriba nunca. No lo logro. Lo intento, intento poner palabras a percepciones, enjaular en la maravilla de las palabras lo inconmensurable del sentimiento.